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	<title><![CDATA[El blog de DiegoCastro]]></title>
	<link>http://pelagio.obolog.com</link>
	<description><![CDATA[El blog de DiegoCastro]]></description>
	<language>es-es</language>
	<pubDate>Thu, 17 May 2012 05:38:43 +0100</pubDate>
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		<title><![CDATA[El blog de DiegoCastro]]></title>
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	<item>
		<title>III capitulo de Cartas desde Paraguay</title>
		<link>http://pelagio.obolog.com/iii-capitulo-cartas-paraguay-369190</link>
		<description>
			<![CDATA[
			<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; III</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Un mes antes hab&iacute;a desembarcado en Buenos Aires. La traves&iacute;a desde N&aacute;poles hab&iacute;a sido apacible, a&uacute;n as&iacute;, Krebbs no era amante de la vida marinera, y en cuanto pudo, puso pie en tierra, jur&aacute;ndose a s&iacute; mismo no volver a embarcarse en semejante aventura. Los viejos mamparos de su desvencijado camarote, rezumaban humedad por los cuatro costados, y las ratas bodegueras pronto se hicieron asiduas de su compa&ntilde;&iacute;a, acudiendo cada noche a visitarlo. Las o&iacute;a roer en la oscuridad, y desplazarse con sus peque&ntilde;as patitas de un lado a otro. Durante el d&iacute;a, buscaba con ah&iacute;nco el rec&oacute;ndito lugar por donde acced&iacute;an al cuarto; llegando al punto de que decidi&oacute; reservar parte de su raci&oacute;n diaria, para alimentar a los &uacute;nicos amigos, que por lo visto ten&iacute;a a bordo del carguero &ldquo;Isabelita&rdquo;.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Los marineros usaban continuamente una jerga ininteligible para Krebbs, una lengua deformada y plagada de extra&ntilde;as expresiones, que era incapaz de descifrar. Los domingos, el capit&aacute;n, un hombre de cristianas costumbres, le solicitaba que ejerciera para la tripulaci&oacute;n el sacramento de la eucarist&iacute;a; entonces Krebbs, se colocaba el alba, que llevaba plegada cuidadosamente en su maleta, y recitaba la misa. Lo hac&iacute;a en lat&iacute;n, ya que era el &uacute;nico idioma en el que pod&iacute;a comunicarse con aquellos hombres, que lo miraban con una expresi&oacute;n cercana a la devoci&oacute;n, y que pocas veces hab&iacute;an contado con la fortuna de viajar con un sacerdote a bordo.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Al principio, ped&iacute;a perd&oacute;n entre dientes, cada vez que comet&iacute;a el sacrilegio de mancillar el Cuerpo de Cristo. Despu&eacute;s, poco a poco, fue entrando de tal manera en su papel, que nadie hubiera dicho que se trataba de un falso sacerdote, de hecho, ya no lo era.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Cuando por fin pudo despedirse de sus compa&ntilde;eros de traves&iacute;a, reconoci&oacute; en sus expresiones de afecto, verdadero agradecimiento, tanto que no dudo en darles su bendici&oacute;n, y rogar a Dios para que gozaran de un agradable regreso al hogar; aunque dudaba mucho, que ninguno de ellos considerara su casa a alg&uacute;n lugar, m&aacute;s all&aacute; de la cubierta del &ldquo;Isabelita&rdquo;.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; No pas&oacute; mucho tiempo en Buenos Aires, lo justo para contactar con un empleado de la embajada de Paraguay, el cual hab&iacute;a recibido instrucciones para organizar el viaje de Krebbs, al interior del Gran Chaco &ndash;<em>una tierra inh&oacute;spita y cenagosa, de donde Dios se ha marchado hace mucho tiempo. &ndash;</em>seg&uacute;n las palabras del encargado de negocios de la embajada paraguaya, Don Natal Maluenda.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Krebbs ten&iacute;a ser&iacute;as dudas de que la aparente bondad de Don Natal, no fuera en verdad m&aacute;s que una actitud fingida, un burdo artificio, mediante el cual, intentaba disimular el verdadero impulso que le mov&iacute;a a ayudarle, y que no era otro que las ingentes sumas de dinero, que alguien o algo desconocido, se estaba encargando de proporcionarle bajo cuerda.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -No tiene que preocuparse de nada. Todo est&aacute; resuelto, en unos d&iacute;as cruzaremos la frontera; yo mismo ir&eacute; con usted. &ndash;A Don Natal le sudaban las manos cada vez que hablaba del tema; se mov&iacute;a nervioso, mientras se secaba el sudor en un pa&ntilde;uelo amarillento, que siempre llevaba colgando del bolsillo de su chaqueta, y que al tercer d&iacute;a, emanaba una hedionda fragancia dif&iacute;cil de encubrir.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Si la traves&iacute;a a bordo del &ldquo;Isabelita&rdquo;, fue toda una aventura, el viaje a lo largo de la frontera entre Argentina y Paraguay, en busca del p&aacute;ramo chaque&ntilde;o, fue toda una odisea.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Yo de usted me quitar&iacute;a esa ropa. &ndash;Sugiri&oacute; Don Natal, con aire risue&ntilde;o, refiri&eacute;ndose a la sotana, la cual se hab&iacute;a convertido en su segunda piel. &ndash;El terreno es dif&iacute;cil, y a menudo tendremos que caminar, cruzar arroyos, quebradas&hellip; &ndash;Krebbs record&oacute; por un fugaz instante el invierno ruso, las largas marchas en retirada, acosados por las emboscadas de los partisanos rusos, y los ataques de la aviaci&oacute;n.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Despu&eacute;s de varias semanas de recorrer tortuosos caminos, carreteras polvorientas, de dormir al raso, bajo un cielo que Krebbs, jam&aacute;s hab&iacute;a contemplado de forma tan n&iacute;tida, avistaron los m&aacute;rgenes del R&iacute;o Pilcomayo; recre&aacute;ndose en la grandiosidad del universo, que se mostraba ante sus ojos, tal cual, por un momento estuvo a punto de reconciliarse consigo mismo. Pero no lo suficiente como para evitar que las sombras de su pasado, aquellas que afloraban cada noche desde alg&uacute;n lugar de su mente, se recostaran junto a &eacute;l, impidi&eacute;ndole conciliar el sue&ntilde;o.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Ya casi estamos. &ndash;Afirm&oacute; Don Natal, sacando el cuerpo por la ventanilla de la camioneta.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iexcl;Venga pues! &iexcl;Ap&uacute;rese! &ndash;Exclam&oacute;, llamando la atenci&oacute;n de Krebbs, que parec&iacute;a ensimismado con el lento discurrir de la corriente. En la otra orilla, un grupo de capibaras parec&iacute;a juguetear entre los juncos de la orilla.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; A pesar de sus reticencias, no tuvo m&aacute;s remedio que embarcarse en la desvencijada barcaza; el hombrecillo que la dirig&iacute;a, los mir&oacute; con ojos curiosos, antes de estirar la mano abierta.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Indios. &ndash;Escupi&oacute; Don Natal con despreci&oacute;. El hombrecillo pareci&oacute; ignorar el comentario, se guard&oacute; las monedas bajo el poncho, y comenz&oacute; a perchar con indiferencia. La barcaza comenz&oacute; a moverse con lentitud, provocando peque&ntilde;as ondas en la superficie del agua, que acababan lamiendo la orilla, oculta detr&aacute;s de una densa marisma.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iquest;Queda mucho? &ndash;Quiso saber Krebbs, sin poder disimular la aprensi&oacute;n que sent&iacute;a por el medio acu&aacute;tico.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -No mucho, padrecito, a la vuelta de la esquina. &ndash;Krebbs mir&oacute; al horizonte, que se adivinaba como una estrecha franja sobre amplios esteros, e isletas cubiertas de quebrachales*.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Quebrachales: Arboledas compuestas fundamentalmente por quebrachos; &aacute;rboles t&iacute;picos de la fauna del Gran Chac&oacute;, en la frontera entre Argentina y Paraguay.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El Pilcomayo se doblaba hasta el infinito, en un largo meandro que arrojaba una gran llanura aluvial a lo largo de su cauce. De vez en cuando, el indio mascullaba algo entre dientes, abandona la percha, y echaba mano de una vieja carabina. Los disparos provocaban una gran algarab&iacute;a en la marisma, y bandadas de garzas y patos serruchos levantaban el vuelo, para perderse entre los lapachos.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El mes de Marzo tocaba a su fin, y con &eacute;l la estaci&oacute;n lluviosa; apenas unos chaparrones dispersos rompieron la monoton&iacute;a del viaje; una lluvia c&aacute;lida, que no calmaba el calor sofocante del humedal.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Por las noches, el indio se aproximaba a tierra firme &ndash;<em>por llamarlo de alguna manera &ndash;</em>cavilaba Krebbs mientras buscaba un pedazo de tierra seca en donde recostarse. Despu&eacute;s de rebuscar en medio de la frondosa galer&iacute;a que formaba la vegetaci&oacute;n, el indio regresaba con un cargamento de retama y retales de quebracho, con los que encend&iacute;a una buena candela. El crepitar de las llamas sobre los rescoldos apaciguaba el inquieto esp&iacute;ritu de Krebbs, y el aroma del capibara asado despertaba sus ansias por seguir viviendo; entonces aparec&iacute;a de nuevo ella, sentada junto la lumbre, calent&aacute;ndose los peque&ntilde;os pies, y con su p&aacute;lido rostro alumbrado por las volutas incandescentes que formaban remolinos entre su pelo.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Descanse, ma&ntilde;ana llegaremos a la estancia. &ndash;Sugiri&oacute; Don Natal, despu&eacute;s de eructar ruidosamente. Krebbs le dio la espalda a su pasado, pero durante toda la noche sinti&oacute; los ojos de Catalina, como si del estigma del remordimiento se trataran.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Al d&iacute;a siguiente salieron temprano; con la amanecida, los troncos rojizos de los quebrachos parec&iacute;an refulgir bajo los rayos primerizos del sol, y las panochas de flores se doblaban bajo su peso, colgando como campanillas de vistosos colores.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La barcaza se aproxim&oacute; al inestable embarcadero; apenas unas tablas sueltas, sustentadas por quebradizas pilastras, compon&iacute;an el puente que comunicaba con el pantal&aacute;n. El indio volvi&oacute; a estirar la palma de la mano, est&aacute; vez con aire suplicante; Don Natal se dej&oacute; caer con unas monedas, que el indio agradeci&oacute; con una enorme sonrisa.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -<em>Grasias. &ndash;</em>Krebbs cay&oacute; en la cuenta de que era la primera vez que o&iacute;a la voz del hombrecillo. &ndash;<em>Bendici&oacute;n, padrecito. &ndash;</em>El indio se hinc&oacute; rodilla en tierra, ante los at&oacute;nitos ojos de Krebbs.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Ap&uacute;rese padre. De lo contrario, no se ir&aacute; ni con agua caliente. &ndash;Don Natal mir&oacute; de soslayo al indio, mientras que con la mano, hac&iacute;a indicaciones a un corrillo de mujeres, que observaba la escena a distancia.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El camino de tierra rojiza que conduc&iacute;a al edificio principal, todav&iacute;a estaba enfangado. Las recientes lluvias hab&iacute;an formado multitud de peque&ntilde;os regatos, que se deslizaban silenciosos desde lo alto de las colinas; una mara&ntilde;a de acu&iacute;feros que alimentaban el cauce principal del Pilcomayo, el cual continuaba impasible su lento discurrir, hacia el gran R&iacute;o Paraguay.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La casa del cura era una humilde construcci&oacute;n de adobe, techada con palmas entrelazadas. El &uacute;nico lujo que se permit&iacute;a era un bonito porche, con vistas al muelle fluvial, y a los cercados de la estancia. Krebbs medit&oacute; un instante, antes de cruzar el umbral de su nueva casa; si atravesaba aquella puerta, ya no habr&iacute;a marcha atr&aacute;s, aquel era sin duda el inicio de su nueva vida. No quer&iacute;a mirar atr&aacute;s, no quer&iacute;a hundirse de nuevo en los ojos vac&iacute;os de sus fantasmas.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iquest;Qu&eacute; le ocurre padre?, si hay algo que no est&aacute; a su gusto, s&oacute;lo tiene que decirlo; Don Froil&aacute;n lo resolver&aacute; de inmediato&hellip; es el patr&oacute;n de la estancia, el que manda aqu&iacute;. &ndash;Don Natal se&ntilde;al&oacute; a un edificio algo m&aacute;s apartado, con un bonito cercado color amarillo, y un cuidado jard&iacute;n, que atravesaba un coqueto senderito de grava.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Aquella es su casa. Esta noche le conocer&aacute;, nos ha invitado a cenar. &ndash;Krebbs suspir&oacute; resignado, no le apetec&iacute;a para nada sumergirse en la ap&aacute;tica vida social de aquel sitio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Las noches a orillas del Pilcomayo eran apacibles, la madeja de vegetaci&oacute;n, que por todas partes rodeaba la estancia, emit&iacute;a un susurro musical; era un p&aacute;lpito que terminaba por acompasarse con la propia respiraci&oacute;n.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El padre Krebbs ech&oacute; un &uacute;ltimo vistazo a su aspecto; ya se hab&iacute;a acostumbrado a la sotana y el alzacuello, de modo que lo dio por bueno y sali&oacute; de la casa. Se detuvo en el porche, y contempl&oacute; como un grupo de nativos arreaban al ganado, hasta reunirlo en torno al cercado principal de la hacienda. Las vacas mug&iacute;an nerviosas y coceaban sobre el terreno, levantando una polvareda rojiza.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El patr&oacute;n era un hombre afable, el pelo ralo y de color pajizo, crec&iacute;a por encima de sus grandes orejas, capaces de captar hasta el m&aacute;s &iacute;nfimo sonido que se produc&iacute;a a su alrededor; continuamente mov&iacute;a la cabeza de un lado a otro, como si hasta el zumbido de las moscas, revoloteando sobre las bo&ntilde;igas de las vacas, llamara su atenci&oacute;n.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -<em>Buenos noches, padrecito. &ndash;</em>Don Froil&aacute;n era un hombre devoto, de modo que la llegada del nuevo cura, supon&iacute;a todo un acontecimiento en su casa. -<em>&iexcl;Qu&eacute; gran honor tenerle en mi casa! &ndash;</em>El padre Krebbs inclin&oacute; la cabeza; Don Natal le empuj&oacute; suavemente al interior del sal&oacute;n, una estancia demasiado recargada para el gusto del nuevo sacerdote de la hacienda Do&ntilde;a Casilda.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Es un placer para nosotros, Don Froil&aacute;n. &ndash;Natal olisque&oacute; el ambiente. &ndash;Humm, &iquest;a qu&eacute; huele?, &iexcl;no me diga que el asado de novillo de Malenita! &ndash;Don Froil&aacute;n asinti&oacute; con una gran sonrisa de oreja a oreja.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -<em>Lo mejor de mi casa para Don Johan. &ndash;</em>La velada transcurri&oacute; apaciblemente; Don Froil&aacute;n, preocupado en indagar por el origen del padre Krebbs, se empe&ntilde;aba en curiosear una y otra vez entre los recovecos de su pasado.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -<em>As&iacute; que es usted europeo&hellip; &iquest;Polaco, dice usted? &ndash;</em>El padre Krebbs asinti&oacute; con la cabeza, ten&iacute;a la boca llena del asado de Malenita.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Vamos, vamos, Don Froil&aacute;n, deje de incomodar al <em>padrecito, </em>ya tendr&aacute; tiempo de cotillear. &ndash;Don Natal rellen&oacute; las tres copas de vino.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Por el nuevo p&aacute;rroco de Do&ntilde;a Casilda. &ndash;Los tres hombres brindaron al un&iacute;sono; el sonido del cristal chocando entre s&iacute;, les anim&oacute; a seguir con la animada conversaci&oacute;n hasta altas horas de la noche.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El amanecer se col&oacute; furtivo entre las rendijas del cuarto del padre Krebbs; el sacerdote not&oacute; la c&aacute;lida caricia de los rayos del sol en su rostro. Abri&oacute; los ojos con pereza y&nbsp; los clav&oacute; en el techo; despu&eacute;s recorri&oacute; la habitaci&oacute;n con la mirada, hasta que se tropez&oacute; con Catalina. La ni&ntilde;a le observaba con el gesto demudado y los ojos muy abiertos, como sorprendida.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El padre Krebbs se incorpor&oacute;, sin apartar la mirada de la visi&oacute;n, que permanec&iacute;a en el mismo lugar, siguiendo cada uno de sus movimientos.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iquest;Vas a estar mucho tiempo ah&iacute;? &ndash;Pregunt&oacute; Krebbs en voz alta, al tiempo que abr&iacute;a de par en par las ventanas. El sol entr&oacute; a raudales en la habitaci&oacute;n; Krebbs aspir&oacute; con fuerza, ol&iacute;a a marisma y a tortitas. En medio de la peque&ntilde;a plaza de la hacienda, unas mujeres cocinaban algo en un caldero; el olor a comida le abri&oacute; el apetito.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iquest;Quieres desayunar? &ndash;Krebbs se gir&oacute;, si ten&iacute;a que convivir con aquellas visiones, &iquest;por qu&eacute; no ser amable con ellas? Pero Catalina ya no estaba all&iacute;.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Tiene buena pinta. &ndash;Afirm&oacute; el padre Krebbs, inclin&aacute;ndose sobre el caldero, en d&oacute;nde borboteaba un l&iacute;quido blanquecino y lechoso.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Las mujeres se arremolinaron al instante alrededor del sacerdote, entre risas quedas y miradas curiosas. Una de ellas, la m&aacute;s vieja, verti&oacute; un poco de aquel l&iacute;quido en un cuenco de barro, y se lo ofreci&oacute; al sacerdote.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Gracias, est&aacute; muy rico. &ndash;Agradeci&oacute; Krebbs, despu&eacute;s de llevarse a los labios un sorbo de leche caliente.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -<em>Leche de guanaco. &ndash;</em>Afirm&oacute; la vieja desdentada.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; A lo lejos, el sonido de una estridente bocina se abri&oacute; paso entre los peones de la estancia. El cacharro se balanceaba peligrosamente de un lado a otro del camino enfangado.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iexcl;Correo, correo! &ndash;Exclamaba el conductor de aquel extra&ntilde;o artilugio. El padre Krebbs no sal&iacute;a de su asombro; de todos lados aparec&iacute;an ind&iacute;genas y colonos por igual, con sus sobres y paquetes en la mano.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iquest;Qu&eacute; ocurre?, &iquest;a d&oacute;nde van todos? &ndash;Pregunt&oacute; a la vieja sin dientes.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -<em>Correo de Asunci&oacute;n, una vez al mes. &ndash;</em>Contest&oacute; la anciana sonriendo. -<em>&iquest;Leche de guanaco? &ndash;</em>Pregunt&oacute; de nuevo la vieja, chasqueando la lengua.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El padre Krebbs rechaz&oacute; el ofrecimiento, y encamin&oacute; sus pasos hacia la furgoneta, que hab&iacute;a detenido su marcha junto a la casa de Don Froil&aacute;n; estaba claro que segu&iacute;a habiendo clases y clases.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Don Froil&aacute;n despidi&oacute; con un adem&aacute;n al cartero, el cual, una vez cumplimentado el patr&oacute;n, se dispuso a atender a los hacendados y peones de la estancia Do&ntilde;a Casilda.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El padre Krebbs se adelant&oacute; con precauci&oacute;n. El cartero iba tocado con una curiosa gorra de tela azul, que era el &uacute;nico signo distintivo de su cargo.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp; <em>&nbsp;-&iexcl;Vamos, vamos!, &iexcl;qu&eacute; no tenemos todo el d&iacute;a! &ndash;</em>El cartero recog&iacute;a con ligereza las cartas y paquetes que le iban entregando, y los colocaba en una saca de aspecto mugriento.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Buenos d&iacute;as, soy el padre Krebbs, el nuevo p&aacute;rroco de Do&ntilde;a Casilda. &ndash;Se presento el sacerdote. El cartero se quit&oacute; la gorra con un r&aacute;pido movimiento.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -<em>Buenos d&iacute;as, padrecito, &iquest;qu&eacute; se le ofrece? &ndash;</em>Pregunt&oacute; en voz baja.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -S&iacute;, vera&hellip; quisiera saber si puedo enviar una carta... &ndash;Se explic&oacute; el padre Krebbs.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -<em>Por supuesto, padrecito. Para eso estamos. &ndash;</em>Asegur&oacute; el cartero, al tiempo que se pon&iacute;a firmes.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&hellip;a Alemania&hellip;-Termin&oacute; el sacerdote. El cartero frunci&oacute; el ce&ntilde;o, como si estuviera calculando mentalmente.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -<em>Humm, vamos a ver&hellip; tres d&iacute;as hasta que termine de recorrer las haciendas del Chaco, otros cuatro d&iacute;as hasta que lleve las sacas hasta Asunci&oacute;n&hellip; padrecito, tardar&iacute;a meses&hellip; -</em>Se disculp&oacute; compungido.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Da igual, &iquest;podr&iacute;a usted esperarme un rato? &ndash;Pregunt&oacute; el sacerdote. &ndash;Don Froil&aacute;n le agradecer&aacute; la atenci&oacute;n, d&eacute;jelo de mi cuenta. &ndash;El cartero abri&oacute; mucho los ojos, una ayudita extra nunca estaba de m&aacute;s.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Puedes leer el resto en LibroVirtual.org.</p>			<p>
			Leer <strong><a href="http://pelagio.obolog.com/iii-capitulo-cartas-paraguay-369190" title="III capitulo de Cartas desde Paraguay">III capitulo de Cartas desde Paraguay</a></strong> en <a href="http://pelagio.obolog.com" title="Mi blog">El blog de DiegoCastro</a>
			</p>
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		</description>
		<author>DiegoCastro</author>
				<category>iii capitulo de &quot;cartas desde paraguay&quot;</category>
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		<pubDate>Wed, 21 Oct 2009 12:27:00 +0100</pubDate>
	</item>
	<item>
		<title>Ii capitulo de cartas desde paraguay</title>
		<link>http://pelagio.obolog.com/ii-capitulo-cartas-paraguay-358850</link>
		<description>
			<![CDATA[
			<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; II</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp; &nbsp;El sacerdote se relami&oacute; los labios; el caf&eacute; expreso estaba delicioso, y la luminosa ma&ntilde;ana que se extend&iacute;a por el cielo romano, era como un soplo de esperanza para su esp&iacute;ritu.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Camin&oacute; con indiferencia durante un rato, hasta alcanzar las escalinatas de la Plaza de Espa&ntilde;a. Tom&oacute; asiento en un desgastado escal&oacute;n de m&aacute;rmol, y se dej&oacute; embriagar por el envolvente murmullo que sub&iacute;a y bajaba desde el p&oacute;rtico de la Trinidad de los Montes. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Roma era una aut&eacute;ntica Torre de Babel.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Un lugar un poco raro para nuestro encuentro &iquest;no cree, se&ntilde;or Krebbs? &ndash;El sacerdote se gir&oacute; sobresaltado.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Podr&iacute;a ser un poco m&aacute;s discreto &iquest;no le parece? &ndash;Johan Krebbs recorri&oacute; con una mirada asustadiza los alrededores, hasta asegurarse de que su anonimato segu&iacute;a a salvo.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -No tiene porque inquietarse; ahora no es m&aacute;s que un simple sacerdote polaco, &iquest;qui&eacute;n se iba a preocupar por usted?, rel&aacute;jese y disfrute, dentro de poco estar&aacute; rumbo a Sudam&eacute;rica, all&iacute; le espera una nueva vida, un futuro lejos de esta locura que recorre Europa.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Al caer Berl&iacute;n, Krebbs consigui&oacute; eludir los f&eacute;rreos controles aliados, que intentaban por todos los medios, evitar la fuga de los gerifaltes nazis. Huyo a Italia, adoptando la personalidad de un refugiado jud&iacute;o, ayud&aacute;ndose de la peque&ntilde;a Catalina; la ni&ntilde;a estaba demasiado traumatizada como para percatarse de lo que suced&iacute;a a su alrededor. Era como si un extra&ntilde;o mecanismo en su cabeza, se hubiese puesto en marcha, ocultando el pasado con la bruma del olvido; una desmemoria llena de ramalazos de conciencia, que de vez en cuando la sacaban de su sopor. Para cuando quiso recuperar su anterior vida, ya era demasiado tarde, Krebbs se hab&iacute;a convertido en el ancla que la sujetaba al mundo real; era su gu&iacute;a, la luz que le se&ntilde;alaba el camino. Era demasiado tarde para volver al pasado, a un pasado tan doloroso, que le hac&iacute;a da&ntilde;o tan s&oacute;lo con recordarlo.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Por las calles de la ciudad abierta, todav&iacute;a resonaban los ecos de la liberaci&oacute;n. Glenn Miller a toda mecha, chicas despendoladas que corr&iacute;an detr&aacute;s de los soldados yankis, en busca de un espor&aacute;dico beso o de una foto con la que inmortalizar aquella jornada.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; No era el &uacute;nico que viv&iacute;a un existencia fingida en Roma, poco a poco, iban llegando los exiliados; nazis huidos de las terribles purgas que los aliados estaban llevando a cabo entre las ruinas de Alemania. Alguien ten&iacute;a que pagar los horrores de los campos de concentraci&oacute;n; Hitler y sus m&aacute;s cercanos ac&oacute;litos, se hab&iacute;an suicidado, eludiendo as&iacute; la verg&uuml;enza de la derrota; los menos afortunados, se enfrentaban a un proceso a vida o muerte, en la ciudad de Nuremberg. Luego estaban ellos, oficiales de mayor o menor rango, en busca de una salida digna, de una puerta abierta a una vida nueva, lejos de los fantasmas del pasado.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Cuando el padre Carol Matejko, se present&oacute; ante &eacute;l, Krebbs todav&iacute;a no ten&iacute;a claro, lo que quer&iacute;a hacer con el resto de su existencia.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Es f&aacute;cil, s&oacute;lo tiene que aprender algunas cosas b&aacute;sicas, y listo. Ser&aacute; usted un buen sacerdote, no me cabe la menor duda. &ndash;Johan Krebbs nunca fue un hombre religioso; recordaba levemente pasajes de su infancia en Silesia, el olor a alcanfor que desprend&iacute;a la sotana del viejo cura de su pueblo, el sabor dulz&oacute;n del vino de misa, y la parrillada de los domingos; cerdo asado y cerveza. No parec&iacute;a mala idea.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iquest;Y Catalina? &ndash;Hab&iacute;a preguntado Krebbs con inquietud. &ndash;No puedo dejarla sola, no tiene a nadie, tan s&oacute;lo a mi. &ndash;El padre Matejko esboz&oacute; media sonrisa.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Tanta preocupaci&oacute;n le alaba. Ya se lo dije, ser&aacute; usted un buen sacerdote. No se preocupe por la ni&ntilde;a, d&eacute;jelo en mis manos; hay muchas buenas familias en Roma, familias cristianas, deseosas de hacer el bien.&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; D&iacute;as despu&eacute;s de su encuentro con el padre Carol, Krebbs inici&oacute; su viaje al Sur:</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Embarcar&aacute; en el puerto de N&aacute;poles; est&aacute; mucho menos vigilado, y nuestros amigos nos ayudar&aacute;n a superar las posibles dificultades.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La Campania ol&iacute;a a naranjos en flor, y a hortalizas frescas, un aroma que se extend&iacute;a por toda la llanura costera. El veh&iacute;culo cruz&oacute; a toda velocidad la destartalada carretera, plagada de grandes socavones, recuerdo de los bombardeos aliados. A lo lejos, el perfil azulado de los Montes Apeninos vigilaba las tranquilas aguas del Tirreno, que con un intenso color turquesa se extend&iacute;an hasta donde se perd&iacute;a la vista; barquillas de pescadores salpicaban el paisaje, como diminutas islas solitarias, que se mec&iacute;an al albur del viento de poniente.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La ciudad todav&iacute;a no se hab&iacute;a recuperado, era tan s&oacute;lo un esqueleto de cimientos derruidos y calles solitarias. Krebbs, m&aacute;s relajado, saludo con la mano a unos soldados franceses; eran <em>goumiers</em> marroqu&iacute;es, enrolados en el renovado ej&eacute;rcito franc&eacute;s, y que hab&iacute;an reconquistado el Sur de Italia para los aliados, cruzando los Apeninos tras desembarcar en las playas de Anzio.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Tranquilo, estos no se enteran de nada. Si la cosa se pone fea, les soltamos unos d&oacute;lares americanos, y en paz. &ndash;El conductor se dirigi&oacute; a Krebbs sin apartar la vista del tortuoso camino.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Si algo hab&iacute;a aprendido Marco Langletti de aquella guerra, era la manera de sobrevivir; primero estuvo del lado de los camisas negras de Mussolini; no le import&oacute; demasiado endulzarle el pico a los alemanes, vendiendo a muchos de los que hab&iacute;an sido sus vecinos, a los que con sus chivatazos enviaba sin remedio a los campos de concentraci&oacute;n. Cuando corri&oacute; la noticia de que al Duce le hab&iacute;an colgado de los pies como a un cochino, no dudo en ponerse de parte de los partisanos, m&aacute;s a&uacute;n cuando tuvo ocasi&oacute;n de presenciar la particular forma de ajustar cuentas de los guerrilleros de la resistencia. Cuando llegaron los franceses y los americanos, la cosa cambi&oacute;, aquello si que era una oportunidad para el negocio, y &eacute;l era un negociante nato; cigarrillos por aqu&iacute;, chicas por all&aacute;, cualquier cosa con tal de ganarse unos d&oacute;lares extra.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Unos ni&ntilde;os harapientos les salieron al paso, formando un torbellino de s&uacute;plicas, entre los pliegues de la sotana del padre Krebbs:</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iexcl;Merda di bambini! &ndash;Exclam&oacute; Marco, echando a los mozalbetes a puntapi&eacute;s.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -La ciudad est&aacute; llena de estos holgazanes; hu&eacute;rfanos de la guerra, ya sabe. Parece que ahora nadie est&aacute; dispuesto a hacer nada por ellos, son carne de ca&ntilde;&oacute;n.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Krebbs los sigui&oacute; con la mirada, hab&iacute;an rodeado a un oficial americano, que se dispon&iacute;a a descender de su transporte militar. El hombre se mostr&oacute; amable y reparti&oacute; entre ellos algunas chocolatinas, al momento la cuadrilla hab&iacute;a desaparecido entre los escombros de una casa en ruinas, en donde al parecer ten&iacute;an su guarida. La imagen de la peque&ntilde;a Catalina tom&oacute; forma en su cerebro; la vio llorando, aferrada a sus piernas, como a una tabla de salvaci&oacute;n. Sus lamentos le persegu&iacute;an d&iacute;a y noche.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Esta noche dormir&aacute; en casa de la m&iacute;a mamma. Estar&aacute; usted como en su propia casa. &ndash;Asegur&oacute; Langletti, esgrimiendo una sonrisa de oreja a oreja.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Su propia casa; hac&iacute;a tanto tiempo de aquello, que ya ni siquiera era capaz de recordarla. La imagen de su madre se presentaba de forma tan difusa, que apenas si acertaba a reconocerla, entre las grietas de su maltrecha memoria. Recordaba una mujer joven y robusta, una campesina acostumbrada al trabajo duro, un ligero tufillo a bo&ntilde;igas de vaca, y poco m&aacute;s.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -No quisiera ser molestia. &ndash;Se excus&oacute; Krebbs. &ndash;Ya ha hecho suficiente por m&iacute;, me las apa&ntilde;ar&eacute;. &ndash;Asegur&oacute;.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iexcl;Molestia!, &iquest;pero que dice usted, padre? Con lo que me pagan por garantizar su seguridad, dar&iacute;a la vida de mi propia madre por usted. &ndash;Los dos hombres rieron con franqueza.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La madre de Marco Langletti se dobl&oacute; todo lo que pudo, hasta que toc&oacute; con el suelo con la punta de los dedos.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iexcl;Ja, ja, ja! &iexcl;Ha visto usted, padre!, &iquest;a qu&eacute; no se imaginaba que una vieja pudiera hacer algo as&iacute;? &iexcl;Venga, mamma!, s&iacute;rvale al padre un vaso de vino, y un trozo de queso, pero del bueno, no del que tiene para las visitas. &ndash;Langletti se desternillaba de risa, al ver como la vieja se precipitaba a hurtadillas en una peque&ntilde;a alacena, disimulada tras unos destartalados estantes.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Ha pasado mucha hambre, no se f&iacute;a ni de su sombra. Se piensa que en cualquier momento van a llegar los partisanos, para llev&aacute;rselo todo. Esos granujas eran unos aut&eacute;nticos bandoleros.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -La entiendo perfectamente. La guerra nos ha cambiado a todos. &ndash;Murmur&oacute; Krebbs, mientras contemplaba como el vino, de un intenso color rojo, como la sangre, se deslizaba en la jarra que ten&iacute;a frente a &eacute;l.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iexcl;Venga, alegr&iacute;a! &iexcl;Por el futuro, ma&ntilde;ana comienza su nueva vida, padre! &ndash;Langletti levant&oacute; la jarra, animando a Krebbs a brindar; &eacute;ste le imit&oacute; con desgana.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Por el futuro. &ndash;Murmur&oacute; de nuevo. La imagen de Catalina apareci&oacute; de nuevo, se mov&iacute;a a escondidas, entre las faldas de la vieja, sus ojos destilaban una tristeza tan profunda, que Krebbs se vio obligado a cerrar los ojos un instante, para volver a la realidad.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iquest;Le ocurre algo?, &iquest;se encuentra usted bien? Si quiere puedo avisar a un m&eacute;dico, no es muy bueno, pero puede darle algo de morfina, o cualquier otra cosa; se la compra de estraperlo a los americanos. Esos venden lo que sea.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -No ser&aacute; necesario. Tan s&oacute;lo estoy cansado y tengo algo de jaqueca, el viaje ha sido muy largo. Necesito descansar. &ndash;Langletti lo mir&oacute; at&oacute;nito.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Por mi no se apure padre, hay tiene el catre. Si no le importa, yo si que me tomar&eacute; otro trago. &ndash;Afirm&oacute;, ech&aacute;ndose al coleto la jarra de vino.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iexcl;Ahhh! Este vino resucita a un muerto. &ndash;Exclam&oacute;.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Krebbs suspir&oacute;, y sin mediar palabra se levant&oacute; de la mesa.</p>
<p>&nbsp;&nbsp; &nbsp;&nbsp;-Me voy a dormir. Mir&oacute; a su espalda un momento, y parpade&oacute; con perplejidad -<em>&iquest;Qui&eacute;nes son esos? &ndash;</em>Se pregunt&oacute; a s&iacute; mismo; pero su conciencia guard&oacute; silencio, mientras que las sombras del recuerdo se esfumaban ante &eacute;l, del mismo modo que hab&iacute;an aparecido.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -<em>Ma&ntilde;ana ser&aacute; otro d&iacute;a; un nuevo d&iacute;a. &ndash;</em>Se dijo a s&iacute; mismo, intentando apaciguar la tormenta desatada en su interior.</p>			<p>
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		<author>DiegoCastro</author>
				<category>ii capitulo de cartas desde paraguay</category>
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		<pubDate>Sun, 11 Oct 2009 10:35:00 +0100</pubDate>
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		<title>I capitulo de cartas desde paraguay</title>
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			<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;&nbsp; &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; CARTAS DESDE PARAGUAY</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; I</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El viejo estaba asustado, sus ojos perplejos no dejaban de oscilar de un lado a otro, como si estuviera intentando encontrar una v&iacute;a de escape.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Los camiones iban y ven&iacute;an, renqueando entre los escombros esparcidos por el Alexanderplatz. Berl&iacute;n estaba sumido en el caos, un inmenso manicomio al aire libre, por donde los locos deambulaban a su antojo, sin rumbo fijo.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iquest;Qu&eacute; hacen aqu&iacute;? &ndash;Pregunt&oacute; el oficial, a modo de desaire.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El grupo se hab&iacute;a reunido en torno a &eacute;l, con la esperanza de recibir alguna ayuda por su parte.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iquest;Es cierto que vienen los rusos? &ndash;El que hab&iacute;a hablado era el viejo &ndash; <em>no m&aacute;s de sesenta a&ntilde;os</em> &ndash;reflexion&oacute; el oficial, clavando en el anciano una glauca mirada.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iquest;D&oacute;nde ha o&iacute;do usted eso, amigo? &ndash;Pregunt&oacute; el oficial. &ndash;Deber&iacute;an dirigirse al refugio m&aacute;s cercano, los bombardeos pueden empezar otra vez, en cualquier momento. &ndash;Advirti&oacute; el oficial, mientras empujaba al viejo con suavidad.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Entonces, &iquest;vienen los rusos, o no? &ndash;Insisti&oacute; el viejo.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Berl&iacute;n era un caos.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Una alfombra de bombas cay&oacute; del cielo, apuntalado por una multitud de haces luminosos, que rasgaban la oscuridad de la noche, intentando en vano desvelar la presencia de los bombarderos.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El oficial se acuclill&oacute; en un rinc&oacute;n; durante la tarde se hab&iacute;a desecho de su uniforme, y se hab&iacute;a vestido con las ropas de un cad&aacute;ver, apenas un muchacho, que encontr&oacute; enterrado entre las ruinas de un edificio, en el barrio metropolitano de Berl&iacute;n. Ahora era un desertor, y ten&iacute;a que andarse con cuidado.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Hab&iacute;a caminado durante todo el d&iacute;a, y ten&iacute;a hambre. En una esquina del atestado refugio, una joven mord&iacute;a con disimulo un pedazo de pan; estaba p&aacute;lida, como si la sangre hubiera huido de sus mejillas. Pens&oacute; que si se acercaba, tal vez consiguiera que lo compartiera con &eacute;l, pero en el &uacute;ltimo momento, sinti&oacute; un escalofr&iacute;o, algo parecido al remordimiento.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Un grupo de ni&ntilde;os, ateridos de fr&iacute;o y miedo, lloraban alrededor de la joven, sin que ella les hiciera el menor caso.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; De madrugada, el estridente chillido de las sirenas, anunci&oacute; el final del bombardeo. Nadie se movi&oacute; en el refugio, era como si el p&aacute;nico hubiera conseguido congelar las voluntades de aquellos infortunados.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El desertor camin&oacute; entre los bultos inm&oacute;viles, buscando la salida del refugio.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Deber&iacute;an salir, respirar un poco de aire fresco. &ndash;Aconsej&oacute; antes de perderse por el oscuro pasillo que conduc&iacute;a a la salida.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Los incendios provocados por las explosiones, alumbraban la noche, y el hedor a cad&aacute;ver se extend&iacute;a por las ruinas de la ciudad, avivado por la incipiente primavera que se asomaba, tras los d&iacute;as cada vez m&aacute;s largos.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -<em>&iexcl;Todo est&aacute; perdido&hellip;! &ndash;</em>Gritaba una voz en su interior, un instinto parecido a la supervivencia, que le empujaba a huir, a perder de vista aquellas terribles im&aacute;genes de muerte y sufrimiento.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &iquest;D&oacute;nde estaba la gloria? &iquest;Qu&eacute; quedaba del brillo de las &aacute;guilas del Reich? El oficial apoy&oacute; la espalda en un muro derruido, los rescoldos que pisaba todav&iacute;a estaban calientes, como si el incendio permaneciera agazapado entre los escombros. Intent&oacute; tomar aire, pero el vaho ardiente que insuflaba en sus pulmones, le quemaba la garganta.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Otra vez las sirenas, acompa&ntilde;adas del rugir caracter&iacute;stico de la aviaci&oacute;n aliada, que sobrevolaba el cielo de Berl&iacute;n, como p&aacute;jaros de muerte. Con las primeras explosiones, una lluvia de polvo, yeso y cenizas cay&oacute; sobre la cabeza del oficial; una aut&eacute;ntica vor&aacute;gine que se arremolinaba sobre los doloridos muros de la ciudad, en medio del holl&iacute;n y las pavesas que se elevaban al cielo, desde el coraz&oacute;n de un sinf&iacute;n de incendios.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Solamente un milagro pod&iacute;a explicar que salvara la vida aquella noche. Pero lo cierto era que continuaba con vida, y aquello deb&iacute;a significar algo.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -<em>&iexcl;Los rusos, los rusos! &ndash;</em>Gritaban los soldados &ndash;apenas&nbsp; unos ni&ntilde;os &ndash;mientras se atrincheraban tras una destartalada barricada, que cortaba una de las calles principales de los arrabales de Lichtenberg.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El combate callejero no dur&oacute; m&aacute;s de unos minutos; los biso&ntilde;os soldados sucumbieron al eficaz fuego de los fusileros rusos, que continuaron avanzando hacia el centro de Berl&iacute;n sin volver la vista atr&aacute;s. El desertor husme&oacute; entre los escombros, hac&iacute;a rato que no o&iacute;a disparos, tan s&oacute;lo algunos quejidos procedentes de la barricada. Seguramente alguno de aquellos desgraciados se estar&iacute;a desangrando sin remedio.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -<em>&iquest;Por qu&eacute; siguen luchando? No tiene sentido&hellip; todo est&aacute; perdido. &ndash;</em>Cavilaba el desertor mientras se escabull&iacute;a entre las ruinas del arrabal. La calle estaba vac&iacute;a, pero a trav&eacute;s de los desvencijados umbrales, pod&iacute;a adivinar las miradas huidizas y asustadas de los supervivientes, que no ve&iacute;an el momento de salir al exterior.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Las desbandadas de soldados tropezaban unas con otras, en su alocada huida hacia ninguna parte.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; <em>&ldquo;Cuelgo aqu&iacute; por cobarde&rdquo; </em>rezaba el cartel. El desertor se detuvo un instante, el soldado, que tan s&oacute;lo conservaba sus botas, se balanceaba todav&iacute;a. Intent&oacute; tragar saliva, pero ten&iacute;a la boca seca. Un pellizco de miedo se aloj&oacute; entre sus tripas; ten&iacute;a que andarse con cuidado, lo mejor ser&iacute;a buscar la retaguardia de los sovi&eacute;ticos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Yuri Yegorov estaba contento; hab&iacute;a conseguido llegar a Berl&iacute;n sano y salvo. El camino desde las ruinas de Varsovia hab&iacute;a sido largo, pero por fin estaba all&iacute;, compartiendo la alegr&iacute;a de la victoria con sus camaradas; instintivamente dedic&oacute; un fugaz recuerdo a los que ya no estaban&hellip; Dimitri, Alexander, Nicolai, todos hab&iacute;an muerto, aunque ya no recordara demasiado bien, como ni cuando.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Ya estaba deseando regresar a su pueblo, casarse con Rebeca, criar cerdos, sembrar trigo, y tener hijos, muchos hijos, que se parecieran a su joven mujer.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; De la c&uacute;pula del Reichstag s&oacute;lo quedaba un amasijo informe de escombros. El grupo de soldados depart&iacute;a con indiferencia al pie de los mismos.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iexcl;Yegorov! &ndash;El sargento Yegorov levant&oacute; la vista, y se top&oacute; con el risue&ntilde;o Kantariya.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iexcl;&iquest;Qu&eacute; co&ntilde;o quieres?! &ndash;Pregunt&oacute; Yegorov, para despu&eacute;s escupir sobre las cenizas que cubr&iacute;an el suelo.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -No hay cojones a poner la bandera en lo alto del pu&ntilde;etero Reichstag. &ndash;El sargento Kantariya despleg&oacute; una gran bandera roja. El resto de soldados aplaudieron entusiasmados la idea del sargento.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -No hay &oacute;rdenes del comisario pol&iacute;tico&hellip; -Se excus&oacute; Yegorov.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iexcl;Cloc, cloc, cloc!, &iexcl;est&aacute;s acojonado! &iquest;Qui&eacute;n ha echado a los alemanes, el comisario pol&iacute;tico, o nosotros? &ndash;Kantariya estaba entusiasmado con su propia idea.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Al instante, los dos hombres se encontraban trepando entre las ruinas; definitivamente la bandera de los Soviets ser&iacute;a la primera en ondear sobre el Berl&iacute;n ocupado.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El grupo de refugiados se amontonaba frente al improvisado campamento ruso. El desertor se hab&iacute;a unido a la columna que deambulaba en direcci&oacute;n al Reichstag; alguien les hab&iacute;a dicho que all&iacute; encontrar&iacute;an algo de comida y un refugio para pasar la noche. Ya hab&iacute;a olvidado como le sentaba la ropa de civil; el tacto del pa&ntilde;o del abrigo, lo condujo de la mano a otros tiempos, a las cafeter&iacute;as del Alexanderplatz, a las chicas bailando imp&uacute;dicas, a una felicidad dif&iacute;cilmente recuperable.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Sus ojos se perdieron en el mar de cabezas agachadas que avanzaba delante de &eacute;l, hasta tropezar con la peque&ntilde;a; se hab&iacute;a separado del grupo, y parec&iacute;a caminar mientras mascullaba incoherencias entre dientes. Pos&oacute; la mano sobre su hombro escu&aacute;lido, para llamar su atenci&oacute;n.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Peque&ntilde;a, &iquest;c&oacute;mo te llamas? &ndash;Pregunt&oacute; cuando gir&oacute; la cabeza sobresaltada; la ni&ntilde;a se qued&oacute; at&oacute;nita mir&aacute;ndole.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Catalina. &ndash;Contest&oacute; finalmente.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -As&iacute; que Catalina, &iquest;est&aacute;s sola? &ndash;Quiso saber el desertor. La ni&ntilde;a asinti&oacute; con ojos tristes.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Yo me llamo Krebbs, Johan Krebbs. &ndash;El desertor mostr&oacute; una enorme hilera de dientes blancos.&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Qu&eacute;date junto a m&iacute;, no te pasar&aacute; nada. &ndash;Johan acurruc&oacute; junto a &eacute;l a la ni&ntilde;a, que de repente se sinti&oacute; reconfortada.</p>			<p>
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		<author>DiegoCastro</author>
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		<pubDate>Fri, 02 Oct 2009 15:57:00 +0100</pubDate>
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		<title>Ii capitulo de la maldición de la casa sellada</title>
		<link>http://pelagio.obolog.com/ii-capitulo-maldicion-casa-sellada-351053</link>
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			<![CDATA[
			<p><strong>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;&nbsp; &nbsp;&nbsp; II</strong></p>
<p><strong>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; </strong></p>
<p><strong>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;&nbsp; </strong><strong>El hombre de la torre</strong></p>
<p><strong>&nbsp;</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Nadie conoc&iacute;a al hombre que habitaba en la torre; durante el d&iacute;a su figura se pod&iacute;a intuir, junto a la estrecha apertura que hac&iacute;a las veces de ventanal. Por las noches no era m&aacute;s que una sombra que se recortaba bajo la luz de las linternas.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El viejo ciego sol&iacute;a llorar; s&oacute;lo de esta forma consegu&iacute;a devolver la vida a las marchitas cuencas de sus ojos. Entonces se aferraba al crucifijo que colgaba de uno de los muros de la estancia, y su llanto se derramaba amargamente anegando sus mejillas.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Los a&ntilde;os de soledad y ceguera hab&iacute;an anquilosado sus miembros, de modo que se mov&iacute;a con torpeza, tanteando los fr&iacute;os muros de su celda para poder orientarse.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Muchos a&ntilde;os atr&aacute;s hab&iacute;a dejado de contar los d&iacute;as. El tiempo se hab&iacute;a diluido en su conciencia, convirtiendo su existencia en un enigma indescifrable. Ni siquiera gozaba del consuelo de interpretar el discurrir de los d&iacute;as y de las noches escuchando el gorjeo de los p&aacute;jaros, tampoco ellos se atrev&iacute;an a volar hasta lo alto de la torre; tan s&oacute;lo de tarde en tarde, el ajetreo de la calle, el ir y venir y el rumor de conversaciones entrelazadas, le conectaban por un instante con la realidad. Un fugaz momento de certeza, un segundo de humanidad que resbalaba por los muros y vert&iacute;a en sus o&iacute;dos murmullos de dolor.</p>
<p>&nbsp; &nbsp;&nbsp;&nbsp;As&iacute; transcurr&iacute;an los d&iacute;as para el viejo prisionero; hasta que aquella ma&ntilde;ana, todo cambi&oacute; para &eacute;l, como cambia el rumbo de una barca en el mar, a merced del viento y las corrientes.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La puerta de la peque&ntilde;a celda se abri&oacute; sin pre&aacute;mbulo ni aviso alguno, dejando que una densa vaharada se abriera paso en la oscuridad del pasillo.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iquest;Padre&hellip;? &ndash;Los ojos de Roderico rebuscaron en la penumbra con inquietud.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iquest;Padre m&iacute;o&hellip;? &ndash;Volvi&oacute; a llamar, penetrando tan s&oacute;lo unos pasos en el interior de la estancia.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iquest;Qui&eacute;n anda hay? &ndash;La voz temblorosa del viejo parec&iacute;a surgir del interior de una caverna.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Soy yo padre m&iacute;o. Tu hijo Roderico. &ndash;Algo m&aacute;s confiado, el Dux de La  B&eacute;tica se intern&oacute; en la estancia. Tom&oacute; uno de los hachones que iluminaban tenuemente las esquinas de la celda e hizo oscilar la llama de un lado a otro; la l&aacute;nguida figura del anciano se recort&oacute; sobre la pared, como la sombra de una aparici&oacute;n.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Witiza ha muerto padre. &ndash;Anunci&oacute; con emoci&oacute;n. &ndash;Por fin Satan&aacute;s se ha llevado consigo a ese perro rastrero. &iexcl;Ojala se queme en los infiernos por toda la eternidad! &ndash;Exclam&oacute; Roderico, mientras clavaba una mirada angustiada en su padre, reducido a la nada tras a&ntilde;os de ignominia.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El ciego acogi&oacute; en silencio la noticia, como si la estuviera digiriendo pesadamente en su cerebro.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Witiza&hellip; muerto. &ndash;Murmur&oacute; entre dientes, sin demasiada convicci&oacute;n.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -As&iacute; es padre, muerto y bien muerto. &ndash;El anciano ciego sinti&oacute; el abrazo de su hijo y se estremeci&oacute; durante un ef&iacute;mero instante. Despu&eacute;s de tantos a&ntilde;os de soledad, ajeno a cualquier contacto humano, las manos de su hijo lo transportaron a un pasado tan lejano que apenas si alcanzaba a vislumbrarlo en alg&uacute;n lugar de su maltrecha memoria.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -El momento que tanto ansiabas ha llegado, hijo m&iacute;o. &ndash;El ciego escupi&oacute; sus palabras con frialdad; se dir&iacute;a que sus temerosas facciones, se hab&iacute;an tornado en una expresi&oacute;n cargada de rencor; un rencor que hasta entonces hab&iacute;a permanecido agazapado en su alma, como una alima&ntilde;a aguardando el momento justo para saltar sobre su presa.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El viejo se asom&oacute; al ventanal; abajo en el patio de armas, una muchedumbre compuesta por siervos, libertos, esclavos y hombres de armas ultimaban los preparativos para la inminente partida; aquella torre le permit&iacute;a volar con la imaginaci&oacute;n a los lugares que su cuerpo f&iacute;sico jam&aacute;s podr&iacute;a alcanzar.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Ya queda poco. &ndash;Espet&oacute; con un hilo de voz.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Debes tener paciencia padre; lo importante ahora es no dar un paso en falso. El ciego se sent&oacute; junto al alfeizar del ventanal; a aquellas horas de la ma&ntilde;ana, una suave brisa aireaba el cargado ambiente de la celda.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Ya no me sobra el tiempo, hijo m&iacute;o. Debes encontrar a Gunderico. &Eacute;l te abrir&aacute; las puertas de Toletum, sin su ayuda el clero jam&aacute;s te apoyar&aacute;, y sin ellos nunca te ce&ntilde;ir&aacute;s la corona del reino. Encu&eacute;ntrale antes de que Oppas de con &eacute;l. &ndash;Roderico guard&oacute; silencio.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iquest;En que piensas hijo m&iacute;o? Tu aliento huele a miedo y en tu pulso vibra la duda. Puedo sentirlo.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Tengo miedo padre. &ndash;Reconoci&oacute; el Dux finalmente. &ndash;Miedo a fallar, a provocar una sangr&iacute;a in&uacute;til, en pos de una quimera sin sentido.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iquest;Miedo a acabar&hellip; como yo? &ndash;Quiso saber el ciego. &ndash;T&uacute; eres Roderico, hijo de Teodofredo, del clan de Chindasvinto &iquest;necesitas saber m&aacute;s? &ndash;La voz tr&eacute;mula del ciego revoc&oacute; sobre la b&oacute;veda que cubr&iacute;a la estancia, al tiempo que se incorporaba con el gesto deformado por la crispaci&oacute;n.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Puedo comprender que tengas dudas hijo m&iacute;o; es mucha la responsabilidad que recae sobre tus hombros. Debes demostrar a los nobles que eres sincero de coraz&oacute;n, s&oacute;lo as&iacute; te respetaran. Recu&eacute;rdalo siempre Roderico, no debe ser tu espada la que te eleve al solio real, sino los sentimientos que albergues en tu interior. Ellos har&aacute;n que seas un digno rey de los godos.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Pero&hellip; &iquest;y si Dios quiere que sea Akhila el rey? &iquest;Qui&eacute;n soy yo para luchar contra la voluntad divina? &ndash;Roderico no pudo ocultar por m&aacute;s tiempo sus tribulaciones; aquellas inquietudes le martirizaban sin descanso, d&iacute;a y noche, como un susurro continuo que se deslizara furtivamente en su conciencia.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Eso s&oacute;lo el tiempo lo dir&aacute;. &ndash;Contest&oacute; el ciego, con sus ojos vac&iacute;os perdidos en el horizonte.</p>			<p>
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		<author>DiegoCastro</author>
				<category>ii capitulo de la maldicion de la casa sellada</category>
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		<pubDate>Thu, 01 Oct 2009 23:23:00 +0100</pubDate>
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		<title>I capitulo de la maldición de la casa sellada</title>
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			<![CDATA[
			<p><strong>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; PARTE PRIMERA</strong></p>
<p><strong>&nbsp;</strong></p>
<p><strong>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &nbsp;RODERICO REX GOTHORUM</strong></p>
<p><strong>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;I</strong></p>
<p><strong>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; </strong></p>
<p><strong>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &iexcl;&iexcl;Witiza ha muerto!!&nbsp; </strong></p>
<p><strong>&nbsp;</strong></p>
<p><strong>&nbsp;</strong></p>
<p><strong>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; </strong>El cortejo se fund&iacute;a con la tr&eacute;mula luz de los pasillos que conduc&iacute;an a los aposentos reales; los estrechos ventanales, apenas consegu&iacute;an atrapar retazos de la noche azulada que envolv&iacute;a a los Montes de Toletum.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El obispo Oppas avanzaba en silencio, encabezando la comitiva; el dulz&oacute;n aroma del incienso impregnaba los muros y se pegaba a las gargantas, al tiempo que un t&eacute;trico eco de oraciones retumbaba en el silencio de la fortaleza.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El acceso al dormitorio real estaba custodiado por los m&aacute;s destacados miembros del Oficio Palatino; Oppas distingui&oacute; entre ellos al siempre fiel Requesindo, el cual, devastado por el dolor, apenas si pod&iacute;a esbozar un h&aacute;lito de entereza ante el desenlace final.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Luctuoso trance el que nos re&uacute;ne al fin. &ndash;El Comes asinti&oacute; con el gesto crispado por el llanto contenido.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iexcl;Abrid paso! &ndash;La voz del say&oacute;n son&oacute; como un trueno. Goznes y bisagras chirriaron estridentes, y el pesado port&oacute;n que clausuraba el dormitorio real se abri&oacute;.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La reina, acompa&ntilde;ada de sus damas principales, guardaba la vigilia del rey moribundo, ya tonsurado y a expensas de recibir los sagrados oleos. Al advertir la presencia del obispo Oppas y la comitiva f&uacute;nebre, se quebr&oacute; en un aullido de dolor inconsolable. Las pla&ntilde;ideras reales la siguieron, a cada cual m&aacute;s sentida por la muerte del rey, cuando no por la irreparable perdida de prebendas que para ellas supon&iacute;a su muerte. El prelado las fulmin&oacute; con la mirada.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iexcl;Guardad silencio!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &iquest;Acaso no est&aacute;s avisado?, &iquest;o es qu&eacute; quiz&aacute;s duermen tus sentidos en est&aacute; trascendental hora? Ha llegado el momento, no demores m&aacute;s la partida.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Witiza acogi&oacute; sus propios pensamientos con una enigm&aacute;tica sonrisa, mir&oacute; a su alrededor y qued&oacute; complacido. De repente sufri&oacute; un acceso de tos y escupi&oacute; sangre; irregulares trazos carmes&iacute; salpicaron el blanco manto de armi&ntilde;o que cubr&iacute;a su decr&eacute;pito cuerpo, maltratado sin piedad por la enfermedad.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Alarg&oacute; la mano hacia la penumbra de la estancia, como si deseara aferrarse al hilo invisible que a&uacute;n lo ligaba al mundo de los vivos; finalmente, con una misteriosa expresi&oacute;n de placidez en el rostro, expir&oacute;.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El viejo rey Witiza hab&iacute;a muerto y las sombras se cern&iacute;an de nuevo sobre Toletum, como las negras alas de un p&aacute;jaro de mal ag&uuml;ero, como un oscuro presagio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El obispo Oppas escanci&oacute; una copa de vino y se la llev&oacute; a los labios. Sabore&oacute; el caldo con los ojos cerrados, mientras se reclinaba ensimismado en sus pensamientos. Un galgo que dormitaba en la esquina de la habitaci&oacute;n, al advertir su presencia se irgui&oacute; y cruz&oacute; la estancia bostezando con pereza, para recostarse de nuevo a los pies del prelado gru&ntilde;endo con gratitud.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iquest;Qu&eacute; pensamientos son los que te abruman, Requesindo? &ndash;El Comes apenas si era visible, oculto entre los gruesos cortinajes que revest&iacute;an los muros de la estancia.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Los nobles de Tarraco y La Cartaginense apoyan a Akhila como nuevo rey, pero&hellip; yo s&oacute;lo veo a un joven impetuoso que ha perdido a su padre. A&uacute;n no est&aacute; preparado. &ndash;Las palabras de Requesindo sonaron inquietas.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Todos somos meros instrumentos de la voluntad de Dios Nuestro Se&ntilde;or. Ma&ntilde;ana enviar&eacute; heraldos a todas las provincias del reino; urge convocar el Aula Regia, debes tener confianza.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Conf&iacute;o en vos Eminencia, s&oacute;lo que&hellip; temo que el joven Dux se convierta en una marioneta en manos de los nobles. &ndash;Requesindo encontr&oacute; por fin la manera de confiar sus temores a Oppas. El prelado torci&oacute; el gesto de forma imperceptible, y su semblante fulgur&oacute; por un instante a la luz de la lumbre.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Contin&uacute;a con la misi&oacute;n que se te ha encomendado. Deja que sea yo quien me ocupe de la pol&iacute;tica. &ndash;El obispo volvi&oacute; a paladear el vino, con la mirada perdida en el enjambre de volutas incandescentes que crepitaban entre las llamas del hogar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La paloma parec&iacute;a una diminuta mancha en el cielo despejado, como si oscilara al vaiv&eacute;n de la suave brisa. Abajo un mar de olivos se extend&iacute;a hasta la tenue l&iacute;nea del horizonte. El interminable llano ondeaba entre colinas, para ascender de forma abrupta en un enorme promontorio, culminado por una vasta edificaci&oacute;n amurallada que parec&iacute;a emerger de sus laderas a modo de atalaya.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El p&aacute;jaro revolote&oacute; sobre las almenas, hasta acabar pos&aacute;ndose con delicadeza sobre el antebrazo del muchacho. Al instante, el mozo emprendi&oacute; una atropellada carrera escaleras abajo, a lo largo de la espiral que recorr&iacute;a la torre y que conduc&iacute;a al patio de armas del recinto.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Cuando por fin se plant&oacute; ante Witerico, el joven resollaba con tanta dificultad, que apenas si pod&iacute;a tenerse erguido.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El Se&ntilde;or de C&aacute;stulo no era m&aacute;s que un pat&aacute;n; con sus enormes y velludos brazos cruzados sobre el pecho, dedic&oacute; una mirada curiosa al pergamino que el muchacho sosten&iacute;a entre las manos.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Poco versado en letras, apenas si pod&iacute;a distinguir alguno de aquellos trazos en lat&iacute;n, as&iacute; que mir&oacute; con disimulo a su alrededor, y con actitud indiferente se lo ofreci&oacute; a su asistente.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Lee. &ndash;Orden&oacute;.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Paulus no era un hombre libre; pero para ser un pobre esclavo de origen griego, en C&aacute;stulo gozaba de todo el libre albedr&iacute;o que pod&iacute;a desear, gracias al aprecio que mostraba Witerico por sus cualidades.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -D&oacute;mine, Witiza ha muerto, se ha convocado el Aula Regia Plena en Toletum; ser&aacute; en el plazo de un mes. &ndash;Paulus contuvo sus emociones; mir&oacute; al suelo y esper&oacute; pacientemente la reacci&oacute;n de Witerico, el cual parec&iacute;a petrificado.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -D&oacute;mine, el Dux debe saberlo cuanto antes. &ndash;Se atrevi&oacute; a sugerir por fin. Witerico sali&oacute; de su ensimismamiento y reaccion&oacute; de forma aturrullada.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iexcl;Qu&eacute; preparen mi montura! &iexcl;Presto, a qu&eacute; esper&aacute;is! &ndash;Exclam&oacute; excitado. &ndash;Paulus, disp&oacute;n lo necesario para el viaje. Te vienes conmigo a Corduba. Al momento se arm&oacute; un enorme revuelo, los criados de las caballerizas se aprestaron a iniciar los preparativos para la marcha del se&ntilde;or, el cual se desga&ntilde;itaba dando ordenes a diestro y siniestro.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Una enigm&aacute;tica sonrisa, te&ntilde;ida de esperanzas ocultas, se desliz&oacute; levemente en los labios de Paulus. El buen Dios le permit&iacute;a ver una vez m&aacute;s los muros de Toletum; tal vez pudiera abandonar por fin aquel injusto destierro.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La jornada de caza hab&iacute;a sido m&aacute;s fruct&iacute;fera de lo esperado. Roderico se separ&oacute; del resto de la partida, para internarse en la densa arboleda que coronaba el collado. La presa que &eacute;l ansiaba, sin duda le aguardaba oculta entre aquellos quejigos.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El Dux ri&oacute; compulsivamente sobre la montura de su caballo, mientras la joven se recompon&iacute;a las vestiduras con fingido arrobo. El p&aacute;lido erotismo de su rostro, enmarcado por una rojiza cabellera que se derramaba sobre sus hombros desnudos, le hab&iacute;a nublado el sentido.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Mi se&ntilde;or, os lo pido por caridad; no tom&eacute;is por la fuerza lo que mi voluntad no est&aacute; dispuesta a entregar. &ndash;Era demasiado tarde, el brillo lascivo de los ojos gatunos de la cortesana ya hab&iacute;a desatado el &iacute;mpetu del Dux. Roderico desmont&oacute; de un brinco y se abalanz&oacute; sobre su presa.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Varias veces se solaz&oacute; el dux con la joven dama, tantas como lo brav&iacute;o de su naturaleza se lo permiti&oacute;; ni siquiera el fr&iacute;o de castigo que asolaba el p&aacute;ramo aquella ma&ntilde;ana contuvo su desenfreno, acuciado por la tersura de los peque&ntilde;os senos de la doncella.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El soldado permaneci&oacute; impert&eacute;rrito, mientras el Dux consumaba el beneficio amatorio de su conquista, no fuera que la interrupci&oacute;n despertara la c&oacute;lera de su se&ntilde;or.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Roderico se irgui&oacute; cuan largo era, con las verg&uuml;enzas al aire y fl&aacute;cidas por el denodado esfuerzo. Sinti&oacute; ganas de orinar y afloj&oacute; la vejiga sin pudor sobre un macizo de jaras.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iquest;A qu&eacute; esper&aacute;is? Volved junto a vuestra se&ntilde;ora; pronto os echar&aacute; en falta. Daos prisa, no sea que de esta caig&aacute;is en desgracia por mi causa. &ndash;Apunt&oacute; a modo de desaire, mientras se ajustaba los calzones a la cintura.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El soldado carraspe&oacute; intentando hacer valer su presencia. El Dux se gir&oacute; sobresaltado y exclam&oacute;:</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iexcl;&iquest;Qui&eacute;n anda hay?! &ndash;El soldado se adelant&oacute; d&aacute;ndose a conocer.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Mi se&ntilde;or, ha llegado un emisario. Trae noticias de la Ciudad Regia.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iquest;&hellip;de Toletum? &ndash;Quiso saber el Dux.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -S&iacute;, mi se&ntilde;or.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Egilona aguardaba a su se&ntilde;or recostada en un triclinium; rodeada de sus damas y los miembros de su escolta esperaba al pie de un leve altozano, bajo la agradable sombra de un olivo centenario. La joven cortesana acababa de llegar; lo incierto de su actitud y el ligero rubor que todav&iacute;a encend&iacute;a sus mejillas, despertaron la suspicacia de la esposa del Dux. Como en cada ocasi&oacute;n que su se&ntilde;or asaltaba virtudes ajenas, prefiri&oacute; hacer de tripas coraz&oacute;n. Esboz&oacute; su mejor semblante y aguard&oacute; la llegada del grupo de jinetes que ya se adivinaba a lo lejos, ocultos por la polvareda que levantaba su recia cabalgada.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Roderico desmont&oacute; y se inclin&oacute; ante Egilona con forzada elegancia.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iexcl;Cu&aacute;nto esplendor desprende vuestro semblante esta ma&ntilde;ana! Se dir&iacute;a que compet&iacute;s en brillo con el sol que nos alumbra. &ndash;Egilona acept&oacute; el cumplido con disimulado agrado. Su actitud no paso desapercibida para el Dux, el cual tom&oacute; asiento junto a ella sin hacerle demasiado caso.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Estoy impaciente por conocer cuales son &eacute;sas noticias, que con tanta premura han llegado de la Ciudad Regia. &iquest;Cu&aacute;les son en esta ocasi&oacute;n los deseos del rey nuestro se&ntilde;or? &ndash;El Dux elev&oacute; el tono con afectada pasi&oacute;n. -&iexcl;&iquest;D&oacute;nde est&aacute; ese emisario?! &ndash;Exclam&oacute; impaciente.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Witerico dio un paso al frente y esper&oacute; a que Roderico se dirigiera a &eacute;l.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&iquest;Y t&uacute; de d&oacute;nde sales? Por tu aspecto se dir&iacute;a que has cabalgado hasta aqu&iacute; desde el mism&iacute;simo infierno.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Mi nombre es Witerico mi se&ntilde;or, Comes de C&aacute;stulo. A vuestro servicio. &ndash;Roderico reflexion&oacute; durante un instante.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -As&iacute; que Witerico &iquest;no es cierto que tu padre luch&oacute; junto al m&iacute;o para derrocar a &Eacute;gica? &ndash;Witerico asinti&oacute; en silencio; todo el mundo conoc&iacute;a el triste destino que tuvieron los seguidores de aquella conspiraci&oacute;n, incluido Teodofredo, el padre de Roderico.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Bien Witerico, &iquest;cu&aacute;les son &eacute;sas noticias? &ndash;Quiso saber el Dux.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Mi se&ntilde;or, Witiza ha muerto. &ndash;La noticia dej&oacute; a Roderico estupefacto; Egilona le tom&oacute; la mano y le susurr&oacute; al o&iacute;do.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Esposo m&iacute;o, reacciona; todo el mundo te est&aacute; mirando.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El Dux de La B&eacute;tica guard&oacute; silencio durante unos instantes, que se prolongaron hasta hacerse insoportables; intent&oacute; tragar saliva, pero ten&iacute;a la boca seca. Por un momento dej&oacute; que su mirada se perdiera en la lejan&iacute;a, en la mon&oacute;tona c&uacute;pula celeste que se extend&iacute;a sobre la campi&ntilde;a b&eacute;tica.</p>			<p>
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		<author>DiegoCastro</author>
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		<pubDate>Wed, 30 Sep 2009 12:19:00 +0100</pubDate>
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