Ii capitulo de la maldición de la casa sellada
II
El hombre de la torre
Nadie conocía al hombre que habitaba en la torre; durante el día su figura se podía intuir, junto a la estrecha apertura que hacía las veces de ventanal. Por las noches no era más que una sombra que se recortaba bajo la luz de las linternas.
El viejo ciego solía llorar; sólo de esta forma conseguía devolver la vida a las marchitas cuencas de sus ojos. Entonces se aferraba al crucifijo que colgaba de uno de los muros de la estancia, y su llanto se derramaba amargamente anegando sus mejillas.
Los años de soledad y ceguera habían anquilosado sus miembros, de modo que se movía con torpeza, tanteando los fríos muros de su celda para poder orientarse.
Muchos años atrás había dejado de contar los días. El tiempo se había diluido en su conciencia, convirtiendo su existencia en un enigma indescifrable. Ni siquiera gozaba del consuelo de interpretar el discurrir de los días y de las noches escuchando el gorjeo de los pájaros, tampoco ellos se atrevían a volar hasta lo alto de la torre; tan sólo de tarde en tarde, el ajetreo de la calle, el ir y venir y el rumor de conversaciones entrelazadas, le conectaban por un instante con la realidad. Un fugaz momento de certeza, un segundo de humanidad que resbalaba por los muros y vertía en sus oídos murmullos de dolor.
Así transcurrían los días para el viejo prisionero; hasta que aquella mañana, todo cambió para él, como cambia el rumbo de una barca en el mar, a merced del viento y las corrientes.
La puerta de la pequeña celda se abrió sin preámbulo ni aviso alguno, dejando que una densa vaharada se abriera paso en la oscuridad del pasillo.
-¿Padre…? –Los ojos de Roderico rebuscaron en la penumbra con inquietud.
-¿Padre mío…? –Volvió a llamar, penetrando tan sólo unos pasos en el interior de la estancia.
-¿Quién anda hay? –La voz temblorosa del viejo parecía surgir del interior de una caverna.
-Soy yo padre mío. Tu hijo Roderico. –Algo más confiado, el Dux de La Bética se internó en la estancia. Tomó uno de los hachones que iluminaban tenuemente las esquinas de la celda e hizo oscilar la llama de un lado a otro; la lánguida figura del anciano se recortó sobre la pared, como la sombra de una aparición.
-Witiza ha muerto padre. –Anunció con emoción. –Por fin Satanás se ha llevado consigo a ese perro rastrero. ¡Ojala se queme en los infiernos por toda la eternidad! –Exclamó Roderico, mientras clavaba una mirada angustiada en su padre, reducido a la nada tras años de ignominia.
El ciego acogió en silencio la noticia, como si la estuviera digiriendo pesadamente en su cerebro.
-Witiza… muerto. –Murmuró entre dientes, sin demasiada convicción.
-Así es padre, muerto y bien muerto. –El anciano ciego sintió el abrazo de su hijo y se estremeció durante un efímero instante. Después de tantos años de soledad, ajeno a cualquier contacto humano, las manos de su hijo lo transportaron a un pasado tan lejano que apenas si alcanzaba a vislumbrarlo en algún lugar de su maltrecha memoria.
-El momento que tanto ansiabas ha llegado, hijo mío. –El ciego escupió sus palabras con frialdad; se diría que sus temerosas facciones, se habían tornado en una expresión cargada de rencor; un rencor que hasta entonces había permanecido agazapado en su alma, como una alimaña aguardando el momento justo para saltar sobre su presa.
El viejo se asomó al ventanal; abajo en el patio de armas, una muchedumbre compuesta por siervos, libertos, esclavos y hombres de armas ultimaban los preparativos para la inminente partida; aquella torre le permitía volar con la imaginación a los lugares que su cuerpo físico jamás podría alcanzar.
-Ya queda poco. –Espetó con un hilo de voz.
-Debes tener paciencia padre; lo importante ahora es no dar un paso en falso. El ciego se sentó junto al alfeizar del ventanal; a aquellas horas de la mañana, una suave brisa aireaba el cargado ambiente de la celda.
-Ya no me sobra el tiempo, hijo mío. Debes encontrar a Gunderico. Él te abrirá las puertas de Toletum, sin su ayuda el clero jamás te apoyará, y sin ellos nunca te ceñirás la corona del reino. Encuéntrale antes de que Oppas de con él. –Roderico guardó silencio.
-¿En que piensas hijo mío? Tu aliento huele a miedo y en tu pulso vibra la duda. Puedo sentirlo.
-Tengo miedo padre. –Reconoció el Dux finalmente. –Miedo a fallar, a provocar una sangría inútil, en pos de una quimera sin sentido.
-¿Miedo a acabar… como yo? –Quiso saber el ciego. –Tú eres Roderico, hijo de Teodofredo, del clan de Chindasvinto ¿necesitas saber más? –La voz trémula del ciego revocó sobre la bóveda que cubría la estancia, al tiempo que se incorporaba con el gesto deformado por la crispación.
-Puedo comprender que tengas dudas hijo mío; es mucha la responsabilidad que recae sobre tus hombros. Debes demostrar a los nobles que eres sincero de corazón, sólo así te respetaran. Recuérdalo siempre Roderico, no debe ser tu espada la que te eleve al solio real, sino los sentimientos que albergues en tu interior. Ellos harán que seas un digno rey de los godos.
-Pero… ¿y si Dios quiere que sea Akhila el rey? ¿Quién soy yo para luchar contra la voluntad divina? –Roderico no pudo ocultar por más tiempo sus tribulaciones; aquellas inquietudes le martirizaban sin descanso, día y noche, como un susurro continuo que se deslizara furtivamente en su conciencia.
-Eso sólo el tiempo lo dirá. –Contestó el ciego, con sus ojos vacíos perdidos en el horizonte.



