Ii capitulo de cartas desde paraguay
II
El sacerdote se relamió los labios; el café expreso estaba delicioso, y la luminosa mañana que se extendía por el cielo romano, era como un soplo de esperanza para su espíritu.
Caminó con indiferencia durante un rato, hasta alcanzar las escalinatas de la Plaza de España. Tomó asiento en un desgastado escalón de mármol, y se dejó embriagar por el envolvente murmullo que subía y bajaba desde el pórtico de la Trinidad de los Montes. Roma era una auténtica Torre de Babel.
-Un lugar un poco raro para nuestro encuentro ¿no cree, señor Krebbs? –El sacerdote se giró sobresaltado.
-Podría ser un poco más discreto ¿no le parece? –Johan Krebbs recorrió con una mirada asustadiza los alrededores, hasta asegurarse de que su anonimato seguía a salvo.
-No tiene porque inquietarse; ahora no es más que un simple sacerdote polaco, ¿quién se iba a preocupar por usted?, relájese y disfrute, dentro de poco estará rumbo a Sudamérica, allí le espera una nueva vida, un futuro lejos de esta locura que recorre Europa.
Al caer Berlín, Krebbs consiguió eludir los férreos controles aliados, que intentaban por todos los medios, evitar la fuga de los gerifaltes nazis. Huyo a Italia, adoptando la personalidad de un refugiado judío, ayudándose de la pequeña Catalina; la niña estaba demasiado traumatizada como para percatarse de lo que sucedía a su alrededor. Era como si un extraño mecanismo en su cabeza, se hubiese puesto en marcha, ocultando el pasado con la bruma del olvido; una desmemoria llena de ramalazos de conciencia, que de vez en cuando la sacaban de su sopor. Para cuando quiso recuperar su anterior vida, ya era demasiado tarde, Krebbs se había convertido en el ancla que la sujetaba al mundo real; era su guía, la luz que le señalaba el camino. Era demasiado tarde para volver al pasado, a un pasado tan doloroso, que le hacía daño tan sólo con recordarlo.
Por las calles de la ciudad abierta, todavía resonaban los ecos de la liberación. Glenn Miller a toda mecha, chicas despendoladas que corrían detrás de los soldados yankis, en busca de un esporádico beso o de una foto con la que inmortalizar aquella jornada.
No era el único que vivía un existencia fingida en Roma, poco a poco, iban llegando los exiliados; nazis huidos de las terribles purgas que los aliados estaban llevando a cabo entre las ruinas de Alemania. Alguien tenía que pagar los horrores de los campos de concentración; Hitler y sus más cercanos acólitos, se habían suicidado, eludiendo así la vergüenza de la derrota; los menos afortunados, se enfrentaban a un proceso a vida o muerte, en la ciudad de Nuremberg. Luego estaban ellos, oficiales de mayor o menor rango, en busca de una salida digna, de una puerta abierta a una vida nueva, lejos de los fantasmas del pasado.
Cuando el padre Carol Matejko, se presentó ante él, Krebbs todavía no tenía claro, lo que quería hacer con el resto de su existencia.
-Es fácil, sólo tiene que aprender algunas cosas básicas, y listo. Será usted un buen sacerdote, no me cabe la menor duda. –Johan Krebbs nunca fue un hombre religioso; recordaba levemente pasajes de su infancia en Silesia, el olor a alcanfor que desprendía la sotana del viejo cura de su pueblo, el sabor dulzón del vino de misa, y la parrillada de los domingos; cerdo asado y cerveza. No parecía mala idea.
-¿Y Catalina? –Había preguntado Krebbs con inquietud. –No puedo dejarla sola, no tiene a nadie, tan sólo a mi. –El padre Matejko esbozó media sonrisa.
-Tanta preocupación le alaba. Ya se lo dije, será usted un buen sacerdote. No se preocupe por la niña, déjelo en mis manos; hay muchas buenas familias en Roma, familias cristianas, deseosas de hacer el bien.
Días después de su encuentro con el padre Carol, Krebbs inició su viaje al Sur:
-Embarcará en el puerto de Nápoles; está mucho menos vigilado, y nuestros amigos nos ayudarán a superar las posibles dificultades.
La Campania olía a naranjos en flor, y a hortalizas frescas, un aroma que se extendía por toda la llanura costera. El vehículo cruzó a toda velocidad la destartalada carretera, plagada de grandes socavones, recuerdo de los bombardeos aliados. A lo lejos, el perfil azulado de los Montes Apeninos vigilaba las tranquilas aguas del Tirreno, que con un intenso color turquesa se extendían hasta donde se perdía la vista; barquillas de pescadores salpicaban el paisaje, como diminutas islas solitarias, que se mecían al albur del viento de poniente.
La ciudad todavía no se había recuperado, era tan sólo un esqueleto de cimientos derruidos y calles solitarias. Krebbs, más relajado, saludo con la mano a unos soldados franceses; eran goumiers marroquíes, enrolados en el renovado ejército francés, y que habían reconquistado el Sur de Italia para los aliados, cruzando los Apeninos tras desembarcar en las playas de Anzio.
-Tranquilo, estos no se enteran de nada. Si la cosa se pone fea, les soltamos unos dólares americanos, y en paz. –El conductor se dirigió a Krebbs sin apartar la vista del tortuoso camino.
Si algo había aprendido Marco Langletti de aquella guerra, era la manera de sobrevivir; primero estuvo del lado de los camisas negras de Mussolini; no le importó demasiado endulzarle el pico a los alemanes, vendiendo a muchos de los que habían sido sus vecinos, a los que con sus chivatazos enviaba sin remedio a los campos de concentración. Cuando corrió la noticia de que al Duce le habían colgado de los pies como a un cochino, no dudo en ponerse de parte de los partisanos, más aún cuando tuvo ocasión de presenciar la particular forma de ajustar cuentas de los guerrilleros de la resistencia. Cuando llegaron los franceses y los americanos, la cosa cambió, aquello si que era una oportunidad para el negocio, y él era un negociante nato; cigarrillos por aquí, chicas por allá, cualquier cosa con tal de ganarse unos dólares extra.
Unos niños harapientos les salieron al paso, formando un torbellino de súplicas, entre los pliegues de la sotana del padre Krebbs:
-¡Merda di bambini! –Exclamó Marco, echando a los mozalbetes a puntapiés.
-La ciudad está llena de estos holgazanes; huérfanos de la guerra, ya sabe. Parece que ahora nadie está dispuesto a hacer nada por ellos, son carne de cañón.
Krebbs los siguió con la mirada, habían rodeado a un oficial americano, que se disponía a descender de su transporte militar. El hombre se mostró amable y repartió entre ellos algunas chocolatinas, al momento la cuadrilla había desaparecido entre los escombros de una casa en ruinas, en donde al parecer tenían su guarida. La imagen de la pequeña Catalina tomó forma en su cerebro; la vio llorando, aferrada a sus piernas, como a una tabla de salvación. Sus lamentos le perseguían día y noche.
-Esta noche dormirá en casa de la mía mamma. Estará usted como en su propia casa. –Aseguró Langletti, esgrimiendo una sonrisa de oreja a oreja.
Su propia casa; hacía tanto tiempo de aquello, que ya ni siquiera era capaz de recordarla. La imagen de su madre se presentaba de forma tan difusa, que apenas si acertaba a reconocerla, entre las grietas de su maltrecha memoria. Recordaba una mujer joven y robusta, una campesina acostumbrada al trabajo duro, un ligero tufillo a boñigas de vaca, y poco más.
-No quisiera ser molestia. –Se excusó Krebbs. –Ya ha hecho suficiente por mí, me las apañaré. –Aseguró.
-¡Molestia!, ¿pero que dice usted, padre? Con lo que me pagan por garantizar su seguridad, daría la vida de mi propia madre por usted. –Los dos hombres rieron con franqueza.
La madre de Marco Langletti se dobló todo lo que pudo, hasta que tocó con el suelo con la punta de los dedos.
-¡Ja, ja, ja! ¡Ha visto usted, padre!, ¿a qué no se imaginaba que una vieja pudiera hacer algo así? ¡Venga, mamma!, sírvale al padre un vaso de vino, y un trozo de queso, pero del bueno, no del que tiene para las visitas. –Langletti se desternillaba de risa, al ver como la vieja se precipitaba a hurtadillas en una pequeña alacena, disimulada tras unos destartalados estantes.
-Ha pasado mucha hambre, no se fía ni de su sombra. Se piensa que en cualquier momento van a llegar los partisanos, para llevárselo todo. Esos granujas eran unos auténticos bandoleros.
-La entiendo perfectamente. La guerra nos ha cambiado a todos. –Murmuró Krebbs, mientras contemplaba como el vino, de un intenso color rojo, como la sangre, se deslizaba en la jarra que tenía frente a él.
-¡Venga, alegría! ¡Por el futuro, mañana comienza su nueva vida, padre! –Langletti levantó la jarra, animando a Krebbs a brindar; éste le imitó con desgana.
-Por el futuro. –Murmuró de nuevo. La imagen de Catalina apareció de nuevo, se movía a escondidas, entre las faldas de la vieja, sus ojos destilaban una tristeza tan profunda, que Krebbs se vio obligado a cerrar los ojos un instante, para volver a la realidad.
-¿Le ocurre algo?, ¿se encuentra usted bien? Si quiere puedo avisar a un médico, no es muy bueno, pero puede darle algo de morfina, o cualquier otra cosa; se la compra de estraperlo a los americanos. Esos venden lo que sea.
-No será necesario. Tan sólo estoy cansado y tengo algo de jaqueca, el viaje ha sido muy largo. Necesito descansar. –Langletti lo miró atónito.
-Por mi no se apure padre, hay tiene el catre. Si no le importa, yo si que me tomaré otro trago. –Afirmó, echándose al coleto la jarra de vino.
-¡Ahhh! Este vino resucita a un muerto. –Exclamó.
Krebbs suspiró, y sin mediar palabra se levantó de la mesa.
-Me voy a dormir. Miró a su espalda un momento, y parpadeó con perplejidad -¿Quiénes son esos? –Se preguntó a sí mismo; pero su conciencia guardó silencio, mientras que las sombras del recuerdo se esfumaban ante él, del mismo modo que habían aparecido.
-Mañana será otro día; un nuevo día. –Se dijo a sí mismo, intentando apaciguar la tormenta desatada en su interior.



