I capitulo de la maldición de la casa sellada
PARTE PRIMERA
RODERICO REX GOTHORUM
I
¡¡Witiza ha muerto!!
El cortejo se fundía con la trémula luz de los pasillos que conducían a los aposentos reales; los estrechos ventanales, apenas conseguían atrapar retazos de la noche azulada que envolvía a los Montes de Toletum.
El obispo Oppas avanzaba en silencio, encabezando la comitiva; el dulzón aroma del incienso impregnaba los muros y se pegaba a las gargantas, al tiempo que un tétrico eco de oraciones retumbaba en el silencio de la fortaleza.
El acceso al dormitorio real estaba custodiado por los más destacados miembros del Oficio Palatino; Oppas distinguió entre ellos al siempre fiel Requesindo, el cual, devastado por el dolor, apenas si podía esbozar un hálito de entereza ante el desenlace final.
-Luctuoso trance el que nos reúne al fin. –El Comes asintió con el gesto crispado por el llanto contenido.
-¡Abrid paso! –La voz del sayón sonó como un trueno. Goznes y bisagras chirriaron estridentes, y el pesado portón que clausuraba el dormitorio real se abrió.
La reina, acompañada de sus damas principales, guardaba la vigilia del rey moribundo, ya tonsurado y a expensas de recibir los sagrados oleos. Al advertir la presencia del obispo Oppas y la comitiva fúnebre, se quebró en un aullido de dolor inconsolable. Las plañideras reales la siguieron, a cada cual más sentida por la muerte del rey, cuando no por la irreparable perdida de prebendas que para ellas suponía su muerte. El prelado las fulminó con la mirada.
-¡Guardad silencio!
¿Acaso no estás avisado?, ¿o es qué quizás duermen tus sentidos en está trascendental hora? Ha llegado el momento, no demores más la partida.
Witiza acogió sus propios pensamientos con una enigmática sonrisa, miró a su alrededor y quedó complacido. De repente sufrió un acceso de tos y escupió sangre; irregulares trazos carmesí salpicaron el blanco manto de armiño que cubría su decrépito cuerpo, maltratado sin piedad por la enfermedad.
Alargó la mano hacia la penumbra de la estancia, como si deseara aferrarse al hilo invisible que aún lo ligaba al mundo de los vivos; finalmente, con una misteriosa expresión de placidez en el rostro, expiró.
El viejo rey Witiza había muerto y las sombras se cernían de nuevo sobre Toletum, como las negras alas de un pájaro de mal agüero, como un oscuro presagio.
El obispo Oppas escanció una copa de vino y se la llevó a los labios. Saboreó el caldo con los ojos cerrados, mientras se reclinaba ensimismado en sus pensamientos. Un galgo que dormitaba en la esquina de la habitación, al advertir su presencia se irguió y cruzó la estancia bostezando con pereza, para recostarse de nuevo a los pies del prelado gruñendo con gratitud.
-¿Qué pensamientos son los que te abruman, Requesindo? –El Comes apenas si era visible, oculto entre los gruesos cortinajes que revestían los muros de la estancia.
-Los nobles de Tarraco y La Cartaginense apoyan a Akhila como nuevo rey, pero… yo sólo veo a un joven impetuoso que ha perdido a su padre. Aún no está preparado. –Las palabras de Requesindo sonaron inquietas.
-Todos somos meros instrumentos de la voluntad de Dios Nuestro Señor. Mañana enviaré heraldos a todas las provincias del reino; urge convocar el Aula Regia, debes tener confianza.
-Confío en vos Eminencia, sólo que… temo que el joven Dux se convierta en una marioneta en manos de los nobles. –Requesindo encontró por fin la manera de confiar sus temores a Oppas. El prelado torció el gesto de forma imperceptible, y su semblante fulguró por un instante a la luz de la lumbre.
-Continúa con la misión que se te ha encomendado. Deja que sea yo quien me ocupe de la política. –El obispo volvió a paladear el vino, con la mirada perdida en el enjambre de volutas incandescentes que crepitaban entre las llamas del hogar.
La paloma parecía una diminuta mancha en el cielo despejado, como si oscilara al vaivén de la suave brisa. Abajo un mar de olivos se extendía hasta la tenue línea del horizonte. El interminable llano ondeaba entre colinas, para ascender de forma abrupta en un enorme promontorio, culminado por una vasta edificación amurallada que parecía emerger de sus laderas a modo de atalaya.
El pájaro revoloteó sobre las almenas, hasta acabar posándose con delicadeza sobre el antebrazo del muchacho. Al instante, el mozo emprendió una atropellada carrera escaleras abajo, a lo largo de la espiral que recorría la torre y que conducía al patio de armas del recinto.
Cuando por fin se plantó ante Witerico, el joven resollaba con tanta dificultad, que apenas si podía tenerse erguido.
El Señor de Cástulo no era más que un patán; con sus enormes y velludos brazos cruzados sobre el pecho, dedicó una mirada curiosa al pergamino que el muchacho sostenía entre las manos.
Poco versado en letras, apenas si podía distinguir alguno de aquellos trazos en latín, así que miró con disimulo a su alrededor, y con actitud indiferente se lo ofreció a su asistente.
-Lee. –Ordenó.
Paulus no era un hombre libre; pero para ser un pobre esclavo de origen griego, en Cástulo gozaba de todo el libre albedrío que podía desear, gracias al aprecio que mostraba Witerico por sus cualidades.
-Dómine, Witiza ha muerto, se ha convocado el Aula Regia Plena en Toletum; será en el plazo de un mes. –Paulus contuvo sus emociones; miró al suelo y esperó pacientemente la reacción de Witerico, el cual parecía petrificado.
-Dómine, el Dux debe saberlo cuanto antes. –Se atrevió a sugerir por fin. Witerico salió de su ensimismamiento y reaccionó de forma aturrullada.
-¡Qué preparen mi montura! ¡Presto, a qué esperáis! –Exclamó excitado. –Paulus, dispón lo necesario para el viaje. Te vienes conmigo a Corduba. Al momento se armó un enorme revuelo, los criados de las caballerizas se aprestaron a iniciar los preparativos para la marcha del señor, el cual se desgañitaba dando ordenes a diestro y siniestro.
Una enigmática sonrisa, teñida de esperanzas ocultas, se deslizó levemente en los labios de Paulus. El buen Dios le permitía ver una vez más los muros de Toletum; tal vez pudiera abandonar por fin aquel injusto destierro.
La jornada de caza había sido más fructífera de lo esperado. Roderico se separó del resto de la partida, para internarse en la densa arboleda que coronaba el collado. La presa que él ansiaba, sin duda le aguardaba oculta entre aquellos quejigos.
El Dux rió compulsivamente sobre la montura de su caballo, mientras la joven se recomponía las vestiduras con fingido arrobo. El pálido erotismo de su rostro, enmarcado por una rojiza cabellera que se derramaba sobre sus hombros desnudos, le había nublado el sentido.
-Mi señor, os lo pido por caridad; no toméis por la fuerza lo que mi voluntad no está dispuesta a entregar. –Era demasiado tarde, el brillo lascivo de los ojos gatunos de la cortesana ya había desatado el ímpetu del Dux. Roderico desmontó de un brinco y se abalanzó sobre su presa.
Varias veces se solazó el dux con la joven dama, tantas como lo bravío de su naturaleza se lo permitió; ni siquiera el frío de castigo que asolaba el páramo aquella mañana contuvo su desenfreno, acuciado por la tersura de los pequeños senos de la doncella.
El soldado permaneció impertérrito, mientras el Dux consumaba el beneficio amatorio de su conquista, no fuera que la interrupción despertara la cólera de su señor.
Roderico se irguió cuan largo era, con las vergüenzas al aire y flácidas por el denodado esfuerzo. Sintió ganas de orinar y aflojó la vejiga sin pudor sobre un macizo de jaras.
-¿A qué esperáis? Volved junto a vuestra señora; pronto os echará en falta. Daos prisa, no sea que de esta caigáis en desgracia por mi causa. –Apuntó a modo de desaire, mientras se ajustaba los calzones a la cintura.
El soldado carraspeó intentando hacer valer su presencia. El Dux se giró sobresaltado y exclamó:
-¡¿Quién anda hay?! –El soldado se adelantó dándose a conocer.
-Mi señor, ha llegado un emisario. Trae noticias de la Ciudad Regia.
-¿…de Toletum? –Quiso saber el Dux.
-Sí, mi señor.
Egilona aguardaba a su señor recostada en un triclinium; rodeada de sus damas y los miembros de su escolta esperaba al pie de un leve altozano, bajo la agradable sombra de un olivo centenario. La joven cortesana acababa de llegar; lo incierto de su actitud y el ligero rubor que todavía encendía sus mejillas, despertaron la suspicacia de la esposa del Dux. Como en cada ocasión que su señor asaltaba virtudes ajenas, prefirió hacer de tripas corazón. Esbozó su mejor semblante y aguardó la llegada del grupo de jinetes que ya se adivinaba a lo lejos, ocultos por la polvareda que levantaba su recia cabalgada.
Roderico desmontó y se inclinó ante Egilona con forzada elegancia.
-¡Cuánto esplendor desprende vuestro semblante esta mañana! Se diría que competís en brillo con el sol que nos alumbra. –Egilona aceptó el cumplido con disimulado agrado. Su actitud no paso desapercibida para el Dux, el cual tomó asiento junto a ella sin hacerle demasiado caso.
-Estoy impaciente por conocer cuales son ésas noticias, que con tanta premura han llegado de la Ciudad Regia. ¿Cuáles son en esta ocasión los deseos del rey nuestro señor? –El Dux elevó el tono con afectada pasión. -¡¿Dónde está ese emisario?! –Exclamó impaciente.
Witerico dio un paso al frente y esperó a que Roderico se dirigiera a él.
-¿Y tú de dónde sales? Por tu aspecto se diría que has cabalgado hasta aquí desde el mismísimo infierno.
-Mi nombre es Witerico mi señor, Comes de Cástulo. A vuestro servicio. –Roderico reflexionó durante un instante.
-Así que Witerico ¿no es cierto que tu padre luchó junto al mío para derrocar a Égica? –Witerico asintió en silencio; todo el mundo conocía el triste destino que tuvieron los seguidores de aquella conspiración, incluido Teodofredo, el padre de Roderico.
-Bien Witerico, ¿cuáles son ésas noticias? –Quiso saber el Dux.
-Mi señor, Witiza ha muerto. –La noticia dejó a Roderico estupefacto; Egilona le tomó la mano y le susurró al oído.
-Esposo mío, reacciona; todo el mundo te está mirando.
El Dux de La Bética guardó silencio durante unos instantes, que se prolongaron hasta hacerse insoportables; intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca. Por un momento dejó que su mirada se perdiera en la lejanía, en la monótona cúpula celeste que se extendía sobre la campiña bética.



