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I capitulo de cartas desde paraguay

viernes, 02 de octubre del 2009 a las 15:57

                                                                                 CARTAS DESDE PARAGUAY

 

 

                                                                                                                 I

 

     El viejo estaba asustado, sus ojos perplejos no dejaban de oscilar de un lado a otro, como si estuviera intentando encontrar una vía de escape.

     Los camiones iban y venían, renqueando entre los escombros esparcidos por el Alexanderplatz. Berlín estaba sumido en el caos, un inmenso manicomio al aire libre, por donde los locos deambulaban a su antojo, sin rumbo fijo.

     -¿Qué hacen aquí? –Preguntó el oficial, a modo de desaire.

     El grupo se había reunido en torno a él, con la esperanza de recibir alguna ayuda por su parte.

     -¿Es cierto que vienen los rusos? –El que había hablado era el viejo – no más de sesenta años –reflexionó el oficial, clavando en el anciano una glauca mirada.

     -¿Dónde ha oído usted eso, amigo? –Preguntó el oficial. –Deberían dirigirse al refugio más cercano, los bombardeos pueden empezar otra vez, en cualquier momento. –Advirtió el oficial, mientras empujaba al viejo con suavidad.

     -Entonces, ¿vienen los rusos, o no? –Insistió el viejo.

     Berlín era un caos.

     Una alfombra de bombas cayó del cielo, apuntalado por una multitud de haces luminosos, que rasgaban la oscuridad de la noche, intentando en vano desvelar la presencia de los bombarderos.

     El oficial se acuclilló en un rincón; durante la tarde se había desecho de su uniforme, y se había vestido con las ropas de un cadáver, apenas un muchacho, que encontró enterrado entre las ruinas de un edificio, en el barrio metropolitano de Berlín. Ahora era un desertor, y tenía que andarse con cuidado.

     Había caminado durante todo el día, y tenía hambre. En una esquina del atestado refugio, una joven mordía con disimulo un pedazo de pan; estaba pálida, como si la sangre hubiera huido de sus mejillas. Pensó que si se acercaba, tal vez consiguiera que lo compartiera con él, pero en el último momento, sintió un escalofrío, algo parecido al remordimiento.

     Un grupo de niños, ateridos de frío y miedo, lloraban alrededor de la joven, sin que ella les hiciera el menor caso.

     De madrugada, el estridente chillido de las sirenas, anunció el final del bombardeo. Nadie se movió en el refugio, era como si el pánico hubiera conseguido congelar las voluntades de aquellos infortunados.

     El desertor caminó entre los bultos inmóviles, buscando la salida del refugio.

     -Deberían salir, respirar un poco de aire fresco. –Aconsejó antes de perderse por el oscuro pasillo que conducía a la salida.

     Los incendios provocados por las explosiones, alumbraban la noche, y el hedor a cadáver se extendía por las ruinas de la ciudad, avivado por la incipiente primavera que se asomaba, tras los días cada vez más largos.

     -¡Todo está perdido…! –Gritaba una voz en su interior, un instinto parecido a la supervivencia, que le empujaba a huir, a perder de vista aquellas terribles imágenes de muerte y sufrimiento.

     ¿Dónde estaba la gloria? ¿Qué quedaba del brillo de las águilas del Reich? El oficial apoyó la espalda en un muro derruido, los rescoldos que pisaba todavía estaban calientes, como si el incendio permaneciera agazapado entre los escombros. Intentó tomar aire, pero el vaho ardiente que insuflaba en sus pulmones, le quemaba la garganta.

     Otra vez las sirenas, acompañadas del rugir característico de la aviación aliada, que sobrevolaba el cielo de Berlín, como pájaros de muerte. Con las primeras explosiones, una lluvia de polvo, yeso y cenizas cayó sobre la cabeza del oficial; una auténtica vorágine que se arremolinaba sobre los doloridos muros de la ciudad, en medio del hollín y las pavesas que se elevaban al cielo, desde el corazón de un sinfín de incendios.

     Solamente un milagro podía explicar que salvara la vida aquella noche. Pero lo cierto era que continuaba con vida, y aquello debía significar algo.

     -¡Los rusos, los rusos! –Gritaban los soldados –apenas  unos niños –mientras se atrincheraban tras una destartalada barricada, que cortaba una de las calles principales de los arrabales de Lichtenberg.

     El combate callejero no duró más de unos minutos; los bisoños soldados sucumbieron al eficaz fuego de los fusileros rusos, que continuaron avanzando hacia el centro de Berlín sin volver la vista atrás. El desertor husmeó entre los escombros, hacía rato que no oía disparos, tan sólo algunos quejidos procedentes de la barricada. Seguramente alguno de aquellos desgraciados se estaría desangrando sin remedio.

     -¿Por qué siguen luchando? No tiene sentido… todo está perdido. –Cavilaba el desertor mientras se escabullía entre las ruinas del arrabal. La calle estaba vacía, pero a través de los desvencijados umbrales, podía adivinar las miradas huidizas y asustadas de los supervivientes, que no veían el momento de salir al exterior.

 

     Las desbandadas de soldados tropezaban unas con otras, en su alocada huida hacia ninguna parte.

     “Cuelgo aquí por cobarde” rezaba el cartel. El desertor se detuvo un instante, el soldado, que tan sólo conservaba sus botas, se balanceaba todavía. Intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca. Un pellizco de miedo se alojó entre sus tripas; tenía que andarse con cuidado, lo mejor sería buscar la retaguardia de los soviéticos.

 

     Yuri Yegorov estaba contento; había conseguido llegar a Berlín sano y salvo. El camino desde las ruinas de Varsovia había sido largo, pero por fin estaba allí, compartiendo la alegría de la victoria con sus camaradas; instintivamente dedicó un fugaz recuerdo a los que ya no estaban… Dimitri, Alexander, Nicolai, todos habían muerto, aunque ya no recordara demasiado bien, como ni cuando.

     Ya estaba deseando regresar a su pueblo, casarse con Rebeca, criar cerdos, sembrar trigo, y tener hijos, muchos hijos, que se parecieran a su joven mujer.

     De la cúpula del Reichstag sólo quedaba un amasijo informe de escombros. El grupo de soldados departía con indiferencia al pie de los mismos.

     -¡Yegorov! –El sargento Yegorov levantó la vista, y se topó con el risueño Kantariya.

     -¡¿Qué coño quieres?! –Preguntó Yegorov, para después escupir sobre las cenizas que cubrían el suelo.

     -No hay cojones a poner la bandera en lo alto del puñetero Reichstag. –El sargento Kantariya desplegó una gran bandera roja. El resto de soldados aplaudieron entusiasmados la idea del sargento.

     -No hay órdenes del comisario político… -Se excusó Yegorov.

     -¡Cloc, cloc, cloc!, ¡estás acojonado! ¿Quién ha echado a los alemanes, el comisario político, o nosotros? –Kantariya estaba entusiasmado con su propia idea.

     Al instante, los dos hombres se encontraban trepando entre las ruinas; definitivamente la bandera de los Soviets sería la primera en ondear sobre el Berlín ocupado.

     El grupo de refugiados se amontonaba frente al improvisado campamento ruso. El desertor se había unido a la columna que deambulaba en dirección al Reichstag; alguien les había dicho que allí encontrarían algo de comida y un refugio para pasar la noche. Ya había olvidado como le sentaba la ropa de civil; el tacto del paño del abrigo, lo condujo de la mano a otros tiempos, a las cafeterías del Alexanderplatz, a las chicas bailando impúdicas, a una felicidad difícilmente recuperable.

     Sus ojos se perdieron en el mar de cabezas agachadas que avanzaba delante de él, hasta tropezar con la pequeña; se había separado del grupo, y parecía caminar mientras mascullaba incoherencias entre dientes. Posó la mano sobre su hombro escuálido, para llamar su atención.

     -Pequeña, ¿cómo te llamas? –Preguntó cuando giró la cabeza sobresaltada; la niña se quedó atónita mirándole.

     -Catalina. –Contestó finalmente.

     -Así que Catalina, ¿estás sola? –Quiso saber el desertor. La niña asintió con ojos tristes.

     -Yo me llamo Krebbs, Johan Krebbs. –El desertor mostró una enorme hilera de dientes blancos. 

     -Quédate junto a mí, no te pasará nada. –Johan acurrucó junto a él a la niña, que de repente se sintió reconfortada.

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DiegoCastro

DiegoCastro escribió esta anotación hace 2 años. En ella habla sobre I Capitulo De Cartas Desde Paraguay.

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