III capitulo de Cartas desde Paraguay
III
Un mes antes había desembarcado en Buenos Aires. La travesía desde Nápoles había sido apacible, aún así, Krebbs no era amante de la vida marinera, y en cuanto pudo, puso pie en tierra, jurándose a sí mismo no volver a embarcarse en semejante aventura. Los viejos mamparos de su desvencijado camarote, rezumaban humedad por los cuatro costados, y las ratas bodegueras pronto se hicieron asiduas de su compañía, acudiendo cada noche a visitarlo. Las oía roer en la oscuridad, y desplazarse con sus pequeñas patitas de un lado a otro. Durante el día, buscaba con ahínco el recóndito lugar por donde accedían al cuarto; llegando al punto de que decidió reservar parte de su ración diaria, para alimentar a los únicos amigos, que por lo visto tenía a bordo del carguero “Isabelita”.
Los marineros usaban continuamente una jerga ininteligible para Krebbs, una lengua deformada y plagada de extrañas expresiones, que era incapaz de descifrar. Los domingos, el capitán, un hombre de cristianas costumbres, le solicitaba que ejerciera para la tripulación el sacramento de la eucaristía; entonces Krebbs, se colocaba el alba, que llevaba plegada cuidadosamente en su maleta, y recitaba la misa. Lo hacía en latín, ya que era el único idioma en el que podía comunicarse con aquellos hombres, que lo miraban con una expresión cercana a la devoción, y que pocas veces habían contado con la fortuna de viajar con un sacerdote a bordo.
Al principio, pedía perdón entre dientes, cada vez que cometía el sacrilegio de mancillar el Cuerpo de Cristo. Después, poco a poco, fue entrando de tal manera en su papel, que nadie hubiera dicho que se trataba de un falso sacerdote, de hecho, ya no lo era.
Cuando por fin pudo despedirse de sus compañeros de travesía, reconoció en sus expresiones de afecto, verdadero agradecimiento, tanto que no dudo en darles su bendición, y rogar a Dios para que gozaran de un agradable regreso al hogar; aunque dudaba mucho, que ninguno de ellos considerara su casa a algún lugar, más allá de la cubierta del “Isabelita”.
No pasó mucho tiempo en Buenos Aires, lo justo para contactar con un empleado de la embajada de Paraguay, el cual había recibido instrucciones para organizar el viaje de Krebbs, al interior del Gran Chaco –una tierra inhóspita y cenagosa, de donde Dios se ha marchado hace mucho tiempo. –según las palabras del encargado de negocios de la embajada paraguaya, Don Natal Maluenda.
Krebbs tenía serías dudas de que la aparente bondad de Don Natal, no fuera en verdad más que una actitud fingida, un burdo artificio, mediante el cual, intentaba disimular el verdadero impulso que le movía a ayudarle, y que no era otro que las ingentes sumas de dinero, que alguien o algo desconocido, se estaba encargando de proporcionarle bajo cuerda.
-No tiene que preocuparse de nada. Todo está resuelto, en unos días cruzaremos la frontera; yo mismo iré con usted. –A Don Natal le sudaban las manos cada vez que hablaba del tema; se movía nervioso, mientras se secaba el sudor en un pañuelo amarillento, que siempre llevaba colgando del bolsillo de su chaqueta, y que al tercer día, emanaba una hedionda fragancia difícil de encubrir.
Si la travesía a bordo del “Isabelita”, fue toda una aventura, el viaje a lo largo de la frontera entre Argentina y Paraguay, en busca del páramo chaqueño, fue toda una odisea.
-Yo de usted me quitaría esa ropa. –Sugirió Don Natal, con aire risueño, refiriéndose a la sotana, la cual se había convertido en su segunda piel. –El terreno es difícil, y a menudo tendremos que caminar, cruzar arroyos, quebradas… –Krebbs recordó por un fugaz instante el invierno ruso, las largas marchas en retirada, acosados por las emboscadas de los partisanos rusos, y los ataques de la aviación.
Después de varias semanas de recorrer tortuosos caminos, carreteras polvorientas, de dormir al raso, bajo un cielo que Krebbs, jamás había contemplado de forma tan nítida, avistaron los márgenes del Río Pilcomayo; recreándose en la grandiosidad del universo, que se mostraba ante sus ojos, tal cual, por un momento estuvo a punto de reconciliarse consigo mismo. Pero no lo suficiente como para evitar que las sombras de su pasado, aquellas que afloraban cada noche desde algún lugar de su mente, se recostaran junto a él, impidiéndole conciliar el sueño.
-Ya casi estamos. –Afirmó Don Natal, sacando el cuerpo por la ventanilla de la camioneta.
-¡Venga pues! ¡Apúrese! –Exclamó, llamando la atención de Krebbs, que parecía ensimismado con el lento discurrir de la corriente. En la otra orilla, un grupo de capibaras parecía juguetear entre los juncos de la orilla.
A pesar de sus reticencias, no tuvo más remedio que embarcarse en la desvencijada barcaza; el hombrecillo que la dirigía, los miró con ojos curiosos, antes de estirar la mano abierta.
-Indios. –Escupió Don Natal con despreció. El hombrecillo pareció ignorar el comentario, se guardó las monedas bajo el poncho, y comenzó a perchar con indiferencia. La barcaza comenzó a moverse con lentitud, provocando pequeñas ondas en la superficie del agua, que acababan lamiendo la orilla, oculta detrás de una densa marisma.
-¿Queda mucho? –Quiso saber Krebbs, sin poder disimular la aprensión que sentía por el medio acuático.
-No mucho, padrecito, a la vuelta de la esquina. –Krebbs miró al horizonte, que se adivinaba como una estrecha franja sobre amplios esteros, e isletas cubiertas de quebrachales*.
Quebrachales: Arboledas compuestas fundamentalmente por quebrachos; árboles típicos de la fauna del Gran Chacó, en la frontera entre Argentina y Paraguay.
El Pilcomayo se doblaba hasta el infinito, en un largo meandro que arrojaba una gran llanura aluvial a lo largo de su cauce. De vez en cuando, el indio mascullaba algo entre dientes, abandona la percha, y echaba mano de una vieja carabina. Los disparos provocaban una gran algarabía en la marisma, y bandadas de garzas y patos serruchos levantaban el vuelo, para perderse entre los lapachos.
El mes de Marzo tocaba a su fin, y con él la estación lluviosa; apenas unos chaparrones dispersos rompieron la monotonía del viaje; una lluvia cálida, que no calmaba el calor sofocante del humedal.
Por las noches, el indio se aproximaba a tierra firme –por llamarlo de alguna manera –cavilaba Krebbs mientras buscaba un pedazo de tierra seca en donde recostarse. Después de rebuscar en medio de la frondosa galería que formaba la vegetación, el indio regresaba con un cargamento de retama y retales de quebracho, con los que encendía una buena candela. El crepitar de las llamas sobre los rescoldos apaciguaba el inquieto espíritu de Krebbs, y el aroma del capibara asado despertaba sus ansias por seguir viviendo; entonces aparecía de nuevo ella, sentada junto la lumbre, calentándose los pequeños pies, y con su pálido rostro alumbrado por las volutas incandescentes que formaban remolinos entre su pelo.
-Descanse, mañana llegaremos a la estancia. –Sugirió Don Natal, después de eructar ruidosamente. Krebbs le dio la espalda a su pasado, pero durante toda la noche sintió los ojos de Catalina, como si del estigma del remordimiento se trataran.
Al día siguiente salieron temprano; con la amanecida, los troncos rojizos de los quebrachos parecían refulgir bajo los rayos primerizos del sol, y las panochas de flores se doblaban bajo su peso, colgando como campanillas de vistosos colores.
La barcaza se aproximó al inestable embarcadero; apenas unas tablas sueltas, sustentadas por quebradizas pilastras, componían el puente que comunicaba con el pantalán. El indio volvió a estirar la palma de la mano, está vez con aire suplicante; Don Natal se dejó caer con unas monedas, que el indio agradeció con una enorme sonrisa.
-Grasias. –Krebbs cayó en la cuenta de que era la primera vez que oía la voz del hombrecillo. –Bendición, padrecito. –El indio se hincó rodilla en tierra, ante los atónitos ojos de Krebbs.
-Apúrese padre. De lo contrario, no se irá ni con agua caliente. –Don Natal miró de soslayo al indio, mientras que con la mano, hacía indicaciones a un corrillo de mujeres, que observaba la escena a distancia.
El camino de tierra rojiza que conducía al edificio principal, todavía estaba enfangado. Las recientes lluvias habían formado multitud de pequeños regatos, que se deslizaban silenciosos desde lo alto de las colinas; una maraña de acuíferos que alimentaban el cauce principal del Pilcomayo, el cual continuaba impasible su lento discurrir, hacia el gran Río Paraguay.
La casa del cura era una humilde construcción de adobe, techada con palmas entrelazadas. El único lujo que se permitía era un bonito porche, con vistas al muelle fluvial, y a los cercados de la estancia. Krebbs meditó un instante, antes de cruzar el umbral de su nueva casa; si atravesaba aquella puerta, ya no habría marcha atrás, aquel era sin duda el inicio de su nueva vida. No quería mirar atrás, no quería hundirse de nuevo en los ojos vacíos de sus fantasmas.
-¿Qué le ocurre padre?, si hay algo que no está a su gusto, sólo tiene que decirlo; Don Froilán lo resolverá de inmediato… es el patrón de la estancia, el que manda aquí. –Don Natal señaló a un edificio algo más apartado, con un bonito cercado color amarillo, y un cuidado jardín, que atravesaba un coqueto senderito de grava.
-Aquella es su casa. Esta noche le conocerá, nos ha invitado a cenar. –Krebbs suspiró resignado, no le apetecía para nada sumergirse en la apática vida social de aquel sitio.
Las noches a orillas del Pilcomayo eran apacibles, la madeja de vegetación, que por todas partes rodeaba la estancia, emitía un susurro musical; era un pálpito que terminaba por acompasarse con la propia respiración.
El padre Krebbs echó un último vistazo a su aspecto; ya se había acostumbrado a la sotana y el alzacuello, de modo que lo dio por bueno y salió de la casa. Se detuvo en el porche, y contempló como un grupo de nativos arreaban al ganado, hasta reunirlo en torno al cercado principal de la hacienda. Las vacas mugían nerviosas y coceaban sobre el terreno, levantando una polvareda rojiza.
El patrón era un hombre afable, el pelo ralo y de color pajizo, crecía por encima de sus grandes orejas, capaces de captar hasta el más ínfimo sonido que se producía a su alrededor; continuamente movía la cabeza de un lado a otro, como si hasta el zumbido de las moscas, revoloteando sobre las boñigas de las vacas, llamara su atención.
-Buenos noches, padrecito. –Don Froilán era un hombre devoto, de modo que la llegada del nuevo cura, suponía todo un acontecimiento en su casa. -¡Qué gran honor tenerle en mi casa! –El padre Krebbs inclinó la cabeza; Don Natal le empujó suavemente al interior del salón, una estancia demasiado recargada para el gusto del nuevo sacerdote de la hacienda Doña Casilda.
-Es un placer para nosotros, Don Froilán. –Natal olisqueó el ambiente. –Humm, ¿a qué huele?, ¡no me diga que el asado de novillo de Malenita! –Don Froilán asintió con una gran sonrisa de oreja a oreja.
-Lo mejor de mi casa para Don Johan. –La velada transcurrió apaciblemente; Don Froilán, preocupado en indagar por el origen del padre Krebbs, se empeñaba en curiosear una y otra vez entre los recovecos de su pasado.
-Así que es usted europeo… ¿Polaco, dice usted? –El padre Krebbs asintió con la cabeza, tenía la boca llena del asado de Malenita.
-Vamos, vamos, Don Froilán, deje de incomodar al padrecito, ya tendrá tiempo de cotillear. –Don Natal rellenó las tres copas de vino.
-Por el nuevo párroco de Doña Casilda. –Los tres hombres brindaron al unísono; el sonido del cristal chocando entre sí, les animó a seguir con la animada conversación hasta altas horas de la noche.
El amanecer se coló furtivo entre las rendijas del cuarto del padre Krebbs; el sacerdote notó la cálida caricia de los rayos del sol en su rostro. Abrió los ojos con pereza y los clavó en el techo; después recorrió la habitación con la mirada, hasta que se tropezó con Catalina. La niña le observaba con el gesto demudado y los ojos muy abiertos, como sorprendida.
El padre Krebbs se incorporó, sin apartar la mirada de la visión, que permanecía en el mismo lugar, siguiendo cada uno de sus movimientos.
-¿Vas a estar mucho tiempo ahí? –Preguntó Krebbs en voz alta, al tiempo que abría de par en par las ventanas. El sol entró a raudales en la habitación; Krebbs aspiró con fuerza, olía a marisma y a tortitas. En medio de la pequeña plaza de la hacienda, unas mujeres cocinaban algo en un caldero; el olor a comida le abrió el apetito.
-¿Quieres desayunar? –Krebbs se giró, si tenía que convivir con aquellas visiones, ¿por qué no ser amable con ellas? Pero Catalina ya no estaba allí.
-Tiene buena pinta. –Afirmó el padre Krebbs, inclinándose sobre el caldero, en dónde borboteaba un líquido blanquecino y lechoso.
Las mujeres se arremolinaron al instante alrededor del sacerdote, entre risas quedas y miradas curiosas. Una de ellas, la más vieja, vertió un poco de aquel líquido en un cuenco de barro, y se lo ofreció al sacerdote.
-Gracias, está muy rico. –Agradeció Krebbs, después de llevarse a los labios un sorbo de leche caliente.
-Leche de guanaco. –Afirmó la vieja desdentada.
A lo lejos, el sonido de una estridente bocina se abrió paso entre los peones de la estancia. El cacharro se balanceaba peligrosamente de un lado a otro del camino enfangado.
-¡Correo, correo! –Exclamaba el conductor de aquel extraño artilugio. El padre Krebbs no salía de su asombro; de todos lados aparecían indígenas y colonos por igual, con sus sobres y paquetes en la mano.
-¿Qué ocurre?, ¿a dónde van todos? –Preguntó a la vieja sin dientes.
-Correo de Asunción, una vez al mes. –Contestó la anciana sonriendo. -¿Leche de guanaco? –Preguntó de nuevo la vieja, chasqueando la lengua.
El padre Krebbs rechazó el ofrecimiento, y encaminó sus pasos hacia la furgoneta, que había detenido su marcha junto a la casa de Don Froilán; estaba claro que seguía habiendo clases y clases.
Don Froilán despidió con un ademán al cartero, el cual, una vez cumplimentado el patrón, se dispuso a atender a los hacendados y peones de la estancia Doña Casilda.
El padre Krebbs se adelantó con precaución. El cartero iba tocado con una curiosa gorra de tela azul, que era el único signo distintivo de su cargo.
-¡Vamos, vamos!, ¡qué no tenemos todo el día! –El cartero recogía con ligereza las cartas y paquetes que le iban entregando, y los colocaba en una saca de aspecto mugriento.
-Buenos días, soy el padre Krebbs, el nuevo párroco de Doña Casilda. –Se presento el sacerdote. El cartero se quitó la gorra con un rápido movimiento.
-Buenos días, padrecito, ¿qué se le ofrece? –Preguntó en voz baja.
-Sí, vera… quisiera saber si puedo enviar una carta... –Se explicó el padre Krebbs.
-Por supuesto, padrecito. Para eso estamos. –Aseguró el cartero, al tiempo que se ponía firmes.
-…a Alemania…-Terminó el sacerdote. El cartero frunció el ceño, como si estuviera calculando mentalmente.
-Humm, vamos a ver… tres días hasta que termine de recorrer las haciendas del Chaco, otros cuatro días hasta que lleve las sacas hasta Asunción… padrecito, tardaría meses… -Se disculpó compungido.
-Da igual, ¿podría usted esperarme un rato? –Preguntó el sacerdote. –Don Froilán le agradecerá la atención, déjelo de mi cuenta. –El cartero abrió mucho los ojos, una ayudita extra nunca estaba de más.
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