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III capitulo de Cartas desde Paraguay

miércoles, 21 de octubre del 2009 a las 12:27

                                    III

 

     Un mes antes había desembarcado en Buenos Aires. La travesía desde Nápoles había sido apacible, aún así, Krebbs no era amante de la vida marinera, y en cuanto pudo, puso pie en tierra, jurándose a sí mismo no volver a embarcarse en semejante aventura. Los viejos mamparos de su desvencijado camarote, rezumaban humedad por los cuatro costados, y las ratas bodegueras pronto se hicieron asiduas de su compañía, acudiendo cada noche a visitarlo. Las oía roer en la oscuridad, y desplazarse con sus pequeñas patitas de un lado a otro. Durante el día, buscaba con ahínco el recóndito lugar por donde accedían al cuarto; llegando al punto de que decidió reservar parte de su ración diaria, para alimentar a los únicos amigos, que por lo visto tenía a bordo del carguero “Isabelita”.

     Los marineros usaban continuamente una jerga ininteligible para Krebbs, una lengua deformada y plagada de extrañas expresiones, que era incapaz de descifrar. Los domingos, el capitán, un hombre de cristianas costumbres, le solicitaba que ejerciera para la tripulación el sacramento de la eucaristía; entonces Krebbs, se colocaba el alba, que llevaba plegada cuidadosamente en su maleta, y recitaba la misa. Lo hacía en latín, ya que era el único idioma en el que podía comunicarse con aquellos hombres, que lo miraban con una expresión cercana a la devoción, y que pocas veces habían contado con la fortuna de viajar con un sacerdote a bordo.

     Al principio, pedía perdón entre dientes, cada vez que cometía el sacrilegio de mancillar el Cuerpo de Cristo. Después, poco a poco, fue entrando de tal manera en su papel, que nadie hubiera dicho que se trataba de un falso sacerdote, de hecho, ya no lo era.

     Cuando por fin pudo despedirse de sus compañeros de travesía, reconoció en sus expresiones de afecto, verdadero agradecimiento, tanto que no dudo en darles su bendición, y rogar a Dios para que gozaran de un agradable regreso al hogar; aunque dudaba mucho, que ninguno de ellos considerara su casa a algún lugar, más allá de la cubierta del “Isabelita”.

     No pasó mucho tiempo en Buenos Aires, lo justo para contactar con un empleado de la embajada de Paraguay, el cual había recibido instrucciones para organizar el viaje de Krebbs, al interior del Gran Chaco –una tierra inhóspita y cenagosa, de donde Dios se ha marchado hace mucho tiempo. –según las palabras del encargado de negocios de la embajada paraguaya, Don Natal Maluenda.

     Krebbs tenía serías dudas de que la aparente bondad de Don Natal, no fuera en verdad más que una actitud fingida, un burdo artificio, mediante el cual, intentaba disimular el verdadero impulso que le movía a ayudarle, y que no era otro que las ingentes sumas de dinero, que alguien o algo desconocido, se estaba encargando de proporcionarle bajo cuerda.

     -No tiene que preocuparse de nada. Todo está resuelto, en unos días cruzaremos la frontera; yo mismo iré con usted. –A Don Natal le sudaban las manos cada vez que hablaba del tema; se movía nervioso, mientras se secaba el sudor en un pañuelo amarillento, que siempre llevaba colgando del bolsillo de su chaqueta, y que al tercer día, emanaba una hedionda fragancia difícil de encubrir.

     Si la travesía a bordo del “Isabelita”, fue toda una aventura, el viaje a lo largo de la frontera entre Argentina y Paraguay, en busca del páramo chaqueño, fue toda una odisea.

     -Yo de usted me quitaría esa ropa. –Sugirió Don Natal, con aire risueño, refiriéndose a la sotana, la cual se había convertido en su segunda piel. –El terreno es difícil, y a menudo tendremos que caminar, cruzar arroyos, quebradas… –Krebbs recordó por un fugaz instante el invierno ruso, las largas marchas en retirada, acosados por las emboscadas de los partisanos rusos, y los ataques de la aviación.

     Después de varias semanas de recorrer tortuosos caminos, carreteras polvorientas, de dormir al raso, bajo un cielo que Krebbs, jamás había contemplado de forma tan nítida, avistaron los márgenes del Río Pilcomayo; recreándose en la grandiosidad del universo, que se mostraba ante sus ojos, tal cual, por un momento estuvo a punto de reconciliarse consigo mismo. Pero no lo suficiente como para evitar que las sombras de su pasado, aquellas que afloraban cada noche desde algún lugar de su mente, se recostaran junto a él, impidiéndole conciliar el sueño.

     -Ya casi estamos. –Afirmó Don Natal, sacando el cuerpo por la ventanilla de la camioneta.

     -¡Venga pues! ¡Apúrese! –Exclamó, llamando la atención de Krebbs, que parecía ensimismado con el lento discurrir de la corriente. En la otra orilla, un grupo de capibaras parecía juguetear entre los juncos de la orilla.

     A pesar de sus reticencias, no tuvo más remedio que embarcarse en la desvencijada barcaza; el hombrecillo que la dirigía, los miró con ojos curiosos, antes de estirar la mano abierta.

     -Indios. –Escupió Don Natal con despreció. El hombrecillo pareció ignorar el comentario, se guardó las monedas bajo el poncho, y comenzó a perchar con indiferencia. La barcaza comenzó a moverse con lentitud, provocando pequeñas ondas en la superficie del agua, que acababan lamiendo la orilla, oculta detrás de una densa marisma.

     -¿Queda mucho? –Quiso saber Krebbs, sin poder disimular la aprensión que sentía por el medio acuático.

     -No mucho, padrecito, a la vuelta de la esquina. –Krebbs miró al horizonte, que se adivinaba como una estrecha franja sobre amplios esteros, e isletas cubiertas de quebrachales*.

 

 

 

Quebrachales: Arboledas compuestas fundamentalmente por quebrachos; árboles típicos de la fauna del Gran Chacó, en la frontera entre Argentina y Paraguay.

 

     El Pilcomayo se doblaba hasta el infinito, en un largo meandro que arrojaba una gran llanura aluvial a lo largo de su cauce. De vez en cuando, el indio mascullaba algo entre dientes, abandona la percha, y echaba mano de una vieja carabina. Los disparos provocaban una gran algarabía en la marisma, y bandadas de garzas y patos serruchos levantaban el vuelo, para perderse entre los lapachos.

     El mes de Marzo tocaba a su fin, y con él la estación lluviosa; apenas unos chaparrones dispersos rompieron la monotonía del viaje; una lluvia cálida, que no calmaba el calor sofocante del humedal.

     Por las noches, el indio se aproximaba a tierra firme –por llamarlo de alguna manera –cavilaba Krebbs mientras buscaba un pedazo de tierra seca en donde recostarse. Después de rebuscar en medio de la frondosa galería que formaba la vegetación, el indio regresaba con un cargamento de retama y retales de quebracho, con los que encendía una buena candela. El crepitar de las llamas sobre los rescoldos apaciguaba el inquieto espíritu de Krebbs, y el aroma del capibara asado despertaba sus ansias por seguir viviendo; entonces aparecía de nuevo ella, sentada junto la lumbre, calentándose los pequeños pies, y con su pálido rostro alumbrado por las volutas incandescentes que formaban remolinos entre su pelo.

     -Descanse, mañana llegaremos a la estancia. –Sugirió Don Natal, después de eructar ruidosamente. Krebbs le dio la espalda a su pasado, pero durante toda la noche sintió los ojos de Catalina, como si del estigma del remordimiento se trataran.

     Al día siguiente salieron temprano; con la amanecida, los troncos rojizos de los quebrachos parecían refulgir bajo los rayos primerizos del sol, y las panochas de flores se doblaban bajo su peso, colgando como campanillas de vistosos colores.

     La barcaza se aproximó al inestable embarcadero; apenas unas tablas sueltas, sustentadas por quebradizas pilastras, componían el puente que comunicaba con el pantalán. El indio volvió a estirar la palma de la mano, está vez con aire suplicante; Don Natal se dejó caer con unas monedas, que el indio agradeció con una enorme sonrisa.

     -Grasias. –Krebbs cayó en la cuenta de que era la primera vez que oía la voz del hombrecillo. –Bendición, padrecito. –El indio se hincó rodilla en tierra, ante los atónitos ojos de Krebbs.

     -Apúrese padre. De lo contrario, no se irá ni con agua caliente. –Don Natal miró de soslayo al indio, mientras que con la mano, hacía indicaciones a un corrillo de mujeres, que observaba la escena a distancia.

     El camino de tierra rojiza que conducía al edificio principal, todavía estaba enfangado. Las recientes lluvias habían formado multitud de pequeños regatos, que se deslizaban silenciosos desde lo alto de las colinas; una maraña de acuíferos que alimentaban el cauce principal del Pilcomayo, el cual continuaba impasible su lento discurrir, hacia el gran Río Paraguay.

     La casa del cura era una humilde construcción de adobe, techada con palmas entrelazadas. El único lujo que se permitía era un bonito porche, con vistas al muelle fluvial, y a los cercados de la estancia. Krebbs meditó un instante, antes de cruzar el umbral de su nueva casa; si atravesaba aquella puerta, ya no habría marcha atrás, aquel era sin duda el inicio de su nueva vida. No quería mirar atrás, no quería hundirse de nuevo en los ojos vacíos de sus fantasmas.

     -¿Qué le ocurre padre?, si hay algo que no está a su gusto, sólo tiene que decirlo; Don Froilán lo resolverá de inmediato… es el patrón de la estancia, el que manda aquí. –Don Natal señaló a un edificio algo más apartado, con un bonito cercado color amarillo, y un cuidado jardín, que atravesaba un coqueto senderito de grava.

     -Aquella es su casa. Esta noche le conocerá, nos ha invitado a cenar. –Krebbs suspiró resignado, no le apetecía para nada sumergirse en la apática vida social de aquel sitio.

 

     Las noches a orillas del Pilcomayo eran apacibles, la madeja de vegetación, que por todas partes rodeaba la estancia, emitía un susurro musical; era un pálpito que terminaba por acompasarse con la propia respiración.

     El padre Krebbs echó un último vistazo a su aspecto; ya se había acostumbrado a la sotana y el alzacuello, de modo que lo dio por bueno y salió de la casa. Se detuvo en el porche, y contempló como un grupo de nativos arreaban al ganado, hasta reunirlo en torno al cercado principal de la hacienda. Las vacas mugían nerviosas y coceaban sobre el terreno, levantando una polvareda rojiza.

 

     El patrón era un hombre afable, el pelo ralo y de color pajizo, crecía por encima de sus grandes orejas, capaces de captar hasta el más ínfimo sonido que se producía a su alrededor; continuamente movía la cabeza de un lado a otro, como si hasta el zumbido de las moscas, revoloteando sobre las boñigas de las vacas, llamara su atención.

     -Buenos noches, padrecito. –Don Froilán era un hombre devoto, de modo que la llegada del nuevo cura, suponía todo un acontecimiento en su casa. -¡Qué gran honor tenerle en mi casa! –El padre Krebbs inclinó la cabeza; Don Natal le empujó suavemente al interior del salón, una estancia demasiado recargada para el gusto del nuevo sacerdote de la hacienda Doña Casilda.

     -Es un placer para nosotros, Don Froilán. –Natal olisqueó el ambiente. –Humm, ¿a qué huele?, ¡no me diga que el asado de novillo de Malenita! –Don Froilán asintió con una gran sonrisa de oreja a oreja.

     -Lo mejor de mi casa para Don Johan. –La velada transcurrió apaciblemente; Don Froilán, preocupado en indagar por el origen del padre Krebbs, se empeñaba en curiosear una y otra vez entre los recovecos de su pasado.

     -Así que es usted europeo… ¿Polaco, dice usted? –El padre Krebbs asintió con la cabeza, tenía la boca llena del asado de Malenita.

     -Vamos, vamos, Don Froilán, deje de incomodar al padrecito, ya tendrá tiempo de cotillear. –Don Natal rellenó las tres copas de vino.

     -Por el nuevo párroco de Doña Casilda. –Los tres hombres brindaron al unísono; el sonido del cristal chocando entre sí, les animó a seguir con la animada conversación hasta altas horas de la noche.

 

     El amanecer se coló furtivo entre las rendijas del cuarto del padre Krebbs; el sacerdote notó la cálida caricia de los rayos del sol en su rostro. Abrió los ojos con pereza y  los clavó en el techo; después recorrió la habitación con la mirada, hasta que se tropezó con Catalina. La niña le observaba con el gesto demudado y los ojos muy abiertos, como sorprendida.

     El padre Krebbs se incorporó, sin apartar la mirada de la visión, que permanecía en el mismo lugar, siguiendo cada uno de sus movimientos.

     -¿Vas a estar mucho tiempo ahí? –Preguntó Krebbs en voz alta, al tiempo que abría de par en par las ventanas. El sol entró a raudales en la habitación; Krebbs aspiró con fuerza, olía a marisma y a tortitas. En medio de la pequeña plaza de la hacienda, unas mujeres cocinaban algo en un caldero; el olor a comida le abrió el apetito.

     -¿Quieres desayunar? –Krebbs se giró, si tenía que convivir con aquellas visiones, ¿por qué no ser amable con ellas? Pero Catalina ya no estaba allí.

 

     -Tiene buena pinta. –Afirmó el padre Krebbs, inclinándose sobre el caldero, en dónde borboteaba un líquido blanquecino y lechoso.

     Las mujeres se arremolinaron al instante alrededor del sacerdote, entre risas quedas y miradas curiosas. Una de ellas, la más vieja, vertió un poco de aquel líquido en un cuenco de barro, y se lo ofreció al sacerdote.

     -Gracias, está muy rico. –Agradeció Krebbs, después de llevarse a los labios un sorbo de leche caliente.

     -Leche de guanaco. –Afirmó la vieja desdentada.

     A lo lejos, el sonido de una estridente bocina se abrió paso entre los peones de la estancia. El cacharro se balanceaba peligrosamente de un lado a otro del camino enfangado.

     -¡Correo, correo! –Exclamaba el conductor de aquel extraño artilugio. El padre Krebbs no salía de su asombro; de todos lados aparecían indígenas y colonos por igual, con sus sobres y paquetes en la mano.

     -¿Qué ocurre?, ¿a dónde van todos? –Preguntó a la vieja sin dientes.

     -Correo de Asunción, una vez al mes. –Contestó la anciana sonriendo. -¿Leche de guanaco? –Preguntó de nuevo la vieja, chasqueando la lengua.

     El padre Krebbs rechazó el ofrecimiento, y encaminó sus pasos hacia la furgoneta, que había detenido su marcha junto a la casa de Don Froilán; estaba claro que seguía habiendo clases y clases.

     Don Froilán despidió con un ademán al cartero, el cual, una vez cumplimentado el patrón, se dispuso a atender a los hacendados y peones de la estancia Doña Casilda.

     El padre Krebbs se adelantó con precaución. El cartero iba tocado con una curiosa gorra de tela azul, que era el único signo distintivo de su cargo.

     -¡Vamos, vamos!, ¡qué no tenemos todo el día! –El cartero recogía con ligereza las cartas y paquetes que le iban entregando, y los colocaba en una saca de aspecto mugriento.

     -Buenos días, soy el padre Krebbs, el nuevo párroco de Doña Casilda. –Se presento el sacerdote. El cartero se quitó la gorra con un rápido movimiento.

     -Buenos días, padrecito, ¿qué se le ofrece? –Preguntó en voz baja.

     -Sí, vera… quisiera saber si puedo enviar una carta... –Se explicó el padre Krebbs.

     -Por supuesto, padrecito. Para eso estamos. –Aseguró el cartero, al tiempo que se ponía firmes.

     -…a Alemania…-Terminó el sacerdote. El cartero frunció el ceño, como si estuviera calculando mentalmente.

     -Humm, vamos a ver… tres días hasta que termine de recorrer las haciendas del Chaco, otros cuatro días hasta que lleve las sacas hasta Asunción… padrecito, tardaría meses… -Se disculpó compungido.

     -Da igual, ¿podría usted esperarme un rato? –Preguntó el sacerdote. –Don Froilán le agradecerá la atención, déjelo de mi cuenta. –El cartero abrió mucho los ojos, una ayudita extra nunca estaba de más.

 

 

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Ii capitulo de cartas desde paraguay

domingo, 11 de octubre del 2009 a las 10:35

 

                                            II

 

 

    El sacerdote se relamió los labios; el café expreso estaba delicioso, y la luminosa mañana que se extendía por el cielo romano, era como un soplo de esperanza para su espíritu.

     Caminó con indiferencia durante un rato, hasta alcanzar las escalinatas de la Plaza de España. Tomó asiento en un desgastado escalón de mármol, y se dejó embriagar por el envolvente murmullo que subía y bajaba desde el pórtico de la Trinidad de los Montes.             Roma era una auténtica Torre de Babel.

     -Un lugar un poco raro para nuestro encuentro ¿no cree, señor Krebbs? –El sacerdote se giró sobresaltado.

     -Podría ser un poco más discreto ¿no le parece? –Johan Krebbs recorrió con una mirada asustadiza los alrededores, hasta asegurarse de que su anonimato seguía a salvo.

     -No tiene porque inquietarse; ahora no es más que un simple sacerdote polaco, ¿quién se iba a preocupar por usted?, relájese y disfrute, dentro de poco estará rumbo a Sudamérica, allí le espera una nueva vida, un futuro lejos de esta locura que recorre Europa.

     Al caer Berlín, Krebbs consiguió eludir los férreos controles aliados, que intentaban por todos los medios, evitar la fuga de los gerifaltes nazis. Huyo a Italia, adoptando la personalidad de un refugiado judío, ayudándose de la pequeña Catalina; la niña estaba demasiado traumatizada como para percatarse de lo que sucedía a su alrededor. Era como si un extraño mecanismo en su cabeza, se hubiese puesto en marcha, ocultando el pasado con la bruma del olvido; una desmemoria llena de ramalazos de conciencia, que de vez en cuando la sacaban de su sopor. Para cuando quiso recuperar su anterior vida, ya era demasiado tarde, Krebbs se había convertido en el ancla que la sujetaba al mundo real; era su guía, la luz que le señalaba el camino. Era demasiado tarde para volver al pasado, a un pasado tan doloroso, que le hacía daño tan sólo con recordarlo.

     Por las calles de la ciudad abierta, todavía resonaban los ecos de la liberación. Glenn Miller a toda mecha, chicas despendoladas que corrían detrás de los soldados yankis, en busca de un esporádico beso o de una foto con la que inmortalizar aquella jornada.

     No era el único que vivía un existencia fingida en Roma, poco a poco, iban llegando los exiliados; nazis huidos de las terribles purgas que los aliados estaban llevando a cabo entre las ruinas de Alemania. Alguien tenía que pagar los horrores de los campos de concentración; Hitler y sus más cercanos acólitos, se habían suicidado, eludiendo así la vergüenza de la derrota; los menos afortunados, se enfrentaban a un proceso a vida o muerte, en la ciudad de Nuremberg. Luego estaban ellos, oficiales de mayor o menor rango, en busca de una salida digna, de una puerta abierta a una vida nueva, lejos de los fantasmas del pasado.

     Cuando el padre Carol Matejko, se presentó ante él, Krebbs todavía no tenía claro, lo que quería hacer con el resto de su existencia.

     -Es fácil, sólo tiene que aprender algunas cosas básicas, y listo. Será usted un buen sacerdote, no me cabe la menor duda. –Johan Krebbs nunca fue un hombre religioso; recordaba levemente pasajes de su infancia en Silesia, el olor a alcanfor que desprendía la sotana del viejo cura de su pueblo, el sabor dulzón del vino de misa, y la parrillada de los domingos; cerdo asado y cerveza. No parecía mala idea.

     -¿Y Catalina? –Había preguntado Krebbs con inquietud. –No puedo dejarla sola, no tiene a nadie, tan sólo a mi. –El padre Matejko esbozó media sonrisa.

     -Tanta preocupación le alaba. Ya se lo dije, será usted un buen sacerdote. No se preocupe por la niña, déjelo en mis manos; hay muchas buenas familias en Roma, familias cristianas, deseosas de hacer el bien. 

 

     Días después de su encuentro con el padre Carol, Krebbs inició su viaje al Sur:

     -Embarcará en el puerto de Nápoles; está mucho menos vigilado, y nuestros amigos nos ayudarán a superar las posibles dificultades.

     La Campania olía a naranjos en flor, y a hortalizas frescas, un aroma que se extendía por toda la llanura costera. El vehículo cruzó a toda velocidad la destartalada carretera, plagada de grandes socavones, recuerdo de los bombardeos aliados. A lo lejos, el perfil azulado de los Montes Apeninos vigilaba las tranquilas aguas del Tirreno, que con un intenso color turquesa se extendían hasta donde se perdía la vista; barquillas de pescadores salpicaban el paisaje, como diminutas islas solitarias, que se mecían al albur del viento de poniente.

     La ciudad todavía no se había recuperado, era tan sólo un esqueleto de cimientos derruidos y calles solitarias. Krebbs, más relajado, saludo con la mano a unos soldados franceses; eran goumiers marroquíes, enrolados en el renovado ejército francés, y que habían reconquistado el Sur de Italia para los aliados, cruzando los Apeninos tras desembarcar en las playas de Anzio.

     -Tranquilo, estos no se enteran de nada. Si la cosa se pone fea, les soltamos unos dólares americanos, y en paz. –El conductor se dirigió a Krebbs sin apartar la vista del tortuoso camino.

     Si algo había aprendido Marco Langletti de aquella guerra, era la manera de sobrevivir; primero estuvo del lado de los camisas negras de Mussolini; no le importó demasiado endulzarle el pico a los alemanes, vendiendo a muchos de los que habían sido sus vecinos, a los que con sus chivatazos enviaba sin remedio a los campos de concentración. Cuando corrió la noticia de que al Duce le habían colgado de los pies como a un cochino, no dudo en ponerse de parte de los partisanos, más aún cuando tuvo ocasión de presenciar la particular forma de ajustar cuentas de los guerrilleros de la resistencia. Cuando llegaron los franceses y los americanos, la cosa cambió, aquello si que era una oportunidad para el negocio, y él era un negociante nato; cigarrillos por aquí, chicas por allá, cualquier cosa con tal de ganarse unos dólares extra.

     Unos niños harapientos les salieron al paso, formando un torbellino de súplicas, entre los pliegues de la sotana del padre Krebbs:

     -¡Merda di bambini! –Exclamó Marco, echando a los mozalbetes a puntapiés.

     -La ciudad está llena de estos holgazanes; huérfanos de la guerra, ya sabe. Parece que ahora nadie está dispuesto a hacer nada por ellos, son carne de cañón.

     Krebbs los siguió con la mirada, habían rodeado a un oficial americano, que se disponía a descender de su transporte militar. El hombre se mostró amable y repartió entre ellos algunas chocolatinas, al momento la cuadrilla había desaparecido entre los escombros de una casa en ruinas, en donde al parecer tenían su guarida. La imagen de la pequeña Catalina tomó forma en su cerebro; la vio llorando, aferrada a sus piernas, como a una tabla de salvación. Sus lamentos le perseguían día y noche.

     -Esta noche dormirá en casa de la mía mamma. Estará usted como en su propia casa. –Aseguró Langletti, esgrimiendo una sonrisa de oreja a oreja.

     Su propia casa; hacía tanto tiempo de aquello, que ya ni siquiera era capaz de recordarla. La imagen de su madre se presentaba de forma tan difusa, que apenas si acertaba a reconocerla, entre las grietas de su maltrecha memoria. Recordaba una mujer joven y robusta, una campesina acostumbrada al trabajo duro, un ligero tufillo a boñigas de vaca, y poco más.

     -No quisiera ser molestia. –Se excusó Krebbs. –Ya ha hecho suficiente por mí, me las apañaré. –Aseguró.

     -¡Molestia!, ¿pero que dice usted, padre? Con lo que me pagan por garantizar su seguridad, daría la vida de mi propia madre por usted. –Los dos hombres rieron con franqueza.

 

     La madre de Marco Langletti se dobló todo lo que pudo, hasta que tocó con el suelo con la punta de los dedos.

     -¡Ja, ja, ja! ¡Ha visto usted, padre!, ¿a qué no se imaginaba que una vieja pudiera hacer algo así? ¡Venga, mamma!, sírvale al padre un vaso de vino, y un trozo de queso, pero del bueno, no del que tiene para las visitas. –Langletti se desternillaba de risa, al ver como la vieja se precipitaba a hurtadillas en una pequeña alacena, disimulada tras unos destartalados estantes.

     -Ha pasado mucha hambre, no se fía ni de su sombra. Se piensa que en cualquier momento van a llegar los partisanos, para llevárselo todo. Esos granujas eran unos auténticos bandoleros.

     -La entiendo perfectamente. La guerra nos ha cambiado a todos. –Murmuró Krebbs, mientras contemplaba como el vino, de un intenso color rojo, como la sangre, se deslizaba en la jarra que tenía frente a él.

     -¡Venga, alegría! ¡Por el futuro, mañana comienza su nueva vida, padre! –Langletti levantó la jarra, animando a Krebbs a brindar; éste le imitó con desgana.

     -Por el futuro. –Murmuró de nuevo. La imagen de Catalina apareció de nuevo, se movía a escondidas, entre las faldas de la vieja, sus ojos destilaban una tristeza tan profunda, que Krebbs se vio obligado a cerrar los ojos un instante, para volver a la realidad.

     -¿Le ocurre algo?, ¿se encuentra usted bien? Si quiere puedo avisar a un médico, no es muy bueno, pero puede darle algo de morfina, o cualquier otra cosa; se la compra de estraperlo a los americanos. Esos venden lo que sea.

     -No será necesario. Tan sólo estoy cansado y tengo algo de jaqueca, el viaje ha sido muy largo. Necesito descansar. –Langletti lo miró atónito.

     -Por mi no se apure padre, hay tiene el catre. Si no le importa, yo si que me tomaré otro trago. –Afirmó, echándose al coleto la jarra de vino.

     -¡Ahhh! Este vino resucita a un muerto. –Exclamó.

     Krebbs suspiró, y sin mediar palabra se levantó de la mesa.

     -Me voy a dormir. Miró a su espalda un momento, y parpadeó con perplejidad -¿Quiénes son esos? –Se preguntó a sí mismo; pero su conciencia guardó silencio, mientras que las sombras del recuerdo se esfumaban ante él, del mismo modo que habían aparecido.

     -Mañana será otro día; un nuevo día. –Se dijo a sí mismo, intentando apaciguar la tormenta desatada en su interior.

I capitulo de cartas desde paraguay

viernes, 02 de octubre del 2009 a las 15:57

                                                                                 CARTAS DESDE PARAGUAY

 

 

                                                                                                                 I

 

     El viejo estaba asustado, sus ojos perplejos no dejaban de oscilar de un lado a otro, como si estuviera intentando encontrar una vía de escape.

     Los camiones iban y venían, renqueando entre los escombros esparcidos por el Alexanderplatz. Berlín estaba sumido en el caos, un inmenso manicomio al aire libre, por donde los locos deambulaban a su antojo, sin rumbo fijo.

     -¿Qué hacen aquí? –Preguntó el oficial, a modo de desaire.

     El grupo se había reunido en torno a él, con la esperanza de recibir alguna ayuda por su parte.

     -¿Es cierto que vienen los rusos? –El que había hablado era el viejo – no más de sesenta años –reflexionó el oficial, clavando en el anciano una glauca mirada.

     -¿Dónde ha oído usted eso, amigo? –Preguntó el oficial. –Deberían dirigirse al refugio más cercano, los bombardeos pueden empezar otra vez, en cualquier momento. –Advirtió el oficial, mientras empujaba al viejo con suavidad.

     -Entonces, ¿vienen los rusos, o no? –Insistió el viejo.

     Berlín era un caos.

     Una alfombra de bombas cayó del cielo, apuntalado por una multitud de haces luminosos, que rasgaban la oscuridad de la noche, intentando en vano desvelar la presencia de los bombarderos.

     El oficial se acuclilló en un rincón; durante la tarde se había desecho de su uniforme, y se había vestido con las ropas de un cadáver, apenas un muchacho, que encontró enterrado entre las ruinas de un edificio, en el barrio metropolitano de Berlín. Ahora era un desertor, y tenía que andarse con cuidado.

     Había caminado durante todo el día, y tenía hambre. En una esquina del atestado refugio, una joven mordía con disimulo un pedazo de pan; estaba pálida, como si la sangre hubiera huido de sus mejillas. Pensó que si se acercaba, tal vez consiguiera que lo compartiera con él, pero en el último momento, sintió un escalofrío, algo parecido al remordimiento.

     Un grupo de niños, ateridos de frío y miedo, lloraban alrededor de la joven, sin que ella les hiciera el menor caso.

     De madrugada, el estridente chillido de las sirenas, anunció el final del bombardeo. Nadie se movió en el refugio, era como si el pánico hubiera conseguido congelar las voluntades de aquellos infortunados.

     El desertor caminó entre los bultos inmóviles, buscando la salida del refugio.

     -Deberían salir, respirar un poco de aire fresco. –Aconsejó antes de perderse por el oscuro pasillo que conducía a la salida.

     Los incendios provocados por las explosiones, alumbraban la noche, y el hedor a cadáver se extendía por las ruinas de la ciudad, avivado por la incipiente primavera que se asomaba, tras los días cada vez más largos.

     -¡Todo está perdido…! –Gritaba una voz en su interior, un instinto parecido a la supervivencia, que le empujaba a huir, a perder de vista aquellas terribles imágenes de muerte y sufrimiento.

     ¿Dónde estaba la gloria? ¿Qué quedaba del brillo de las águilas del Reich? El oficial apoyó la espalda en un muro derruido, los rescoldos que pisaba todavía estaban calientes, como si el incendio permaneciera agazapado entre los escombros. Intentó tomar aire, pero el vaho ardiente que insuflaba en sus pulmones, le quemaba la garganta.

     Otra vez las sirenas, acompañadas del rugir característico de la aviación aliada, que sobrevolaba el cielo de Berlín, como pájaros de muerte. Con las primeras explosiones, una lluvia de polvo, yeso y cenizas cayó sobre la cabeza del oficial; una auténtica vorágine que se arremolinaba sobre los doloridos muros de la ciudad, en medio del hollín y las pavesas que se elevaban al cielo, desde el corazón de un sinfín de incendios.

     Solamente un milagro podía explicar que salvara la vida aquella noche. Pero lo cierto era que continuaba con vida, y aquello debía significar algo.

     -¡Los rusos, los rusos! –Gritaban los soldados –apenas  unos niños –mientras se atrincheraban tras una destartalada barricada, que cortaba una de las calles principales de los arrabales de Lichtenberg.

     El combate callejero no duró más de unos minutos; los bisoños soldados sucumbieron al eficaz fuego de los fusileros rusos, que continuaron avanzando hacia el centro de Berlín sin volver la vista atrás. El desertor husmeó entre los escombros, hacía rato que no oía disparos, tan sólo algunos quejidos procedentes de la barricada. Seguramente alguno de aquellos desgraciados se estaría desangrando sin remedio.

     -¿Por qué siguen luchando? No tiene sentido… todo está perdido. –Cavilaba el desertor mientras se escabullía entre las ruinas del arrabal. La calle estaba vacía, pero a través de los desvencijados umbrales, podía adivinar las miradas huidizas y asustadas de los supervivientes, que no veían el momento de salir al exterior.

 

     Las desbandadas de soldados tropezaban unas con otras, en su alocada huida hacia ninguna parte.

     “Cuelgo aquí por cobarde” rezaba el cartel. El desertor se detuvo un instante, el soldado, que tan sólo conservaba sus botas, se balanceaba todavía. Intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca. Un pellizco de miedo se alojó entre sus tripas; tenía que andarse con cuidado, lo mejor sería buscar la retaguardia de los soviéticos.

 

     Yuri Yegorov estaba contento; había conseguido llegar a Berlín sano y salvo. El camino desde las ruinas de Varsovia había sido largo, pero por fin estaba allí, compartiendo la alegría de la victoria con sus camaradas; instintivamente dedicó un fugaz recuerdo a los que ya no estaban… Dimitri, Alexander, Nicolai, todos habían muerto, aunque ya no recordara demasiado bien, como ni cuando.

     Ya estaba deseando regresar a su pueblo, casarse con Rebeca, criar cerdos, sembrar trigo, y tener hijos, muchos hijos, que se parecieran a su joven mujer.

     De la cúpula del Reichstag sólo quedaba un amasijo informe de escombros. El grupo de soldados departía con indiferencia al pie de los mismos.

     -¡Yegorov! –El sargento Yegorov levantó la vista, y se topó con el risueño Kantariya.

     -¡¿Qué coño quieres?! –Preguntó Yegorov, para después escupir sobre las cenizas que cubrían el suelo.

     -No hay cojones a poner la bandera en lo alto del puñetero Reichstag. –El sargento Kantariya desplegó una gran bandera roja. El resto de soldados aplaudieron entusiasmados la idea del sargento.

     -No hay órdenes del comisario político… -Se excusó Yegorov.

     -¡Cloc, cloc, cloc!, ¡estás acojonado! ¿Quién ha echado a los alemanes, el comisario político, o nosotros? –Kantariya estaba entusiasmado con su propia idea.

     Al instante, los dos hombres se encontraban trepando entre las ruinas; definitivamente la bandera de los Soviets sería la primera en ondear sobre el Berlín ocupado.

     El grupo de refugiados se amontonaba frente al improvisado campamento ruso. El desertor se había unido a la columna que deambulaba en dirección al Reichstag; alguien les había dicho que allí encontrarían algo de comida y un refugio para pasar la noche. Ya había olvidado como le sentaba la ropa de civil; el tacto del paño del abrigo, lo condujo de la mano a otros tiempos, a las cafeterías del Alexanderplatz, a las chicas bailando impúdicas, a una felicidad difícilmente recuperable.

     Sus ojos se perdieron en el mar de cabezas agachadas que avanzaba delante de él, hasta tropezar con la pequeña; se había separado del grupo, y parecía caminar mientras mascullaba incoherencias entre dientes. Posó la mano sobre su hombro escuálido, para llamar su atención.

     -Pequeña, ¿cómo te llamas? –Preguntó cuando giró la cabeza sobresaltada; la niña se quedó atónita mirándole.

     -Catalina. –Contestó finalmente.

     -Así que Catalina, ¿estás sola? –Quiso saber el desertor. La niña asintió con ojos tristes.

     -Yo me llamo Krebbs, Johan Krebbs. –El desertor mostró una enorme hilera de dientes blancos. 

     -Quédate junto a mí, no te pasará nada. –Johan acurrucó junto a él a la niña, que de repente se sintió reconfortada.

Ii capitulo de la maldición de la casa sellada

jueves, 01 de octubre del 2009 a las 23:23

                                                                              II

                       

                                                              El hombre de la torre

 

 

     Nadie conocía al hombre que habitaba en la torre; durante el día su figura se podía intuir, junto a la estrecha apertura que hacía las veces de ventanal. Por las noches no era más que una sombra que se recortaba bajo la luz de las linternas.

     El viejo ciego solía llorar; sólo de esta forma conseguía devolver la vida a las marchitas cuencas de sus ojos. Entonces se aferraba al crucifijo que colgaba de uno de los muros de la estancia, y su llanto se derramaba amargamente anegando sus mejillas.

     Los años de soledad y ceguera habían anquilosado sus miembros, de modo que se movía con torpeza, tanteando los fríos muros de su celda para poder orientarse.

     Muchos años atrás había dejado de contar los días. El tiempo se había diluido en su conciencia, convirtiendo su existencia en un enigma indescifrable. Ni siquiera gozaba del consuelo de interpretar el discurrir de los días y de las noches escuchando el gorjeo de los pájaros, tampoco ellos se atrevían a volar hasta lo alto de la torre; tan sólo de tarde en tarde, el ajetreo de la calle, el ir y venir y el rumor de conversaciones entrelazadas, le conectaban por un instante con la realidad. Un fugaz momento de certeza, un segundo de humanidad que resbalaba por los muros y vertía en sus oídos murmullos de dolor.

     Así transcurrían los días para el viejo prisionero; hasta que aquella mañana, todo cambió para él, como cambia el rumbo de una barca en el mar, a merced del viento y las corrientes.

     La puerta de la pequeña celda se abrió sin preámbulo ni aviso alguno, dejando que una densa vaharada se abriera paso en la oscuridad del pasillo.

     -¿Padre…? –Los ojos de Roderico rebuscaron en la penumbra con inquietud.

     -¿Padre mío…? –Volvió a llamar, penetrando tan sólo unos pasos en el interior de la estancia.

     -¿Quién anda hay? –La voz temblorosa del viejo parecía surgir del interior de una caverna.

     -Soy yo padre mío. Tu hijo Roderico. –Algo más confiado, el Dux de La Bética se internó en la estancia. Tomó uno de los hachones que iluminaban tenuemente las esquinas de la celda e hizo oscilar la llama de un lado a otro; la lánguida figura del anciano se recortó sobre la pared, como la sombra de una aparición.

     -Witiza ha muerto padre. –Anunció con emoción. –Por fin Satanás se ha llevado consigo a ese perro rastrero. ¡Ojala se queme en los infiernos por toda la eternidad! –Exclamó Roderico, mientras clavaba una mirada angustiada en su padre, reducido a la nada tras años de ignominia.

     El ciego acogió en silencio la noticia, como si la estuviera digiriendo pesadamente en su cerebro.

     -Witiza… muerto. –Murmuró entre dientes, sin demasiada convicción.

     -Así es padre, muerto y bien muerto. –El anciano ciego sintió el abrazo de su hijo y se estremeció durante un efímero instante. Después de tantos años de soledad, ajeno a cualquier contacto humano, las manos de su hijo lo transportaron a un pasado tan lejano que apenas si alcanzaba a vislumbrarlo en algún lugar de su maltrecha memoria.

     -El momento que tanto ansiabas ha llegado, hijo mío. –El ciego escupió sus palabras con frialdad; se diría que sus temerosas facciones, se habían tornado en una expresión cargada de rencor; un rencor que hasta entonces había permanecido agazapado en su alma, como una alimaña aguardando el momento justo para saltar sobre su presa.

     El viejo se asomó al ventanal; abajo en el patio de armas, una muchedumbre compuesta por siervos, libertos, esclavos y hombres de armas ultimaban los preparativos para la inminente partida; aquella torre le permitía volar con la imaginación a los lugares que su cuerpo físico jamás podría alcanzar.

     -Ya queda poco. –Espetó con un hilo de voz.

     -Debes tener paciencia padre; lo importante ahora es no dar un paso en falso. El ciego se sentó junto al alfeizar del ventanal; a aquellas horas de la mañana, una suave brisa aireaba el cargado ambiente de la celda.

     -Ya no me sobra el tiempo, hijo mío. Debes encontrar a Gunderico. Él te abrirá las puertas de Toletum, sin su ayuda el clero jamás te apoyará, y sin ellos nunca te ceñirás la corona del reino. Encuéntrale antes de que Oppas de con él. –Roderico guardó silencio.

     -¿En que piensas hijo mío? Tu aliento huele a miedo y en tu pulso vibra la duda. Puedo sentirlo.

     -Tengo miedo padre. –Reconoció el Dux finalmente. –Miedo a fallar, a provocar una sangría inútil, en pos de una quimera sin sentido.

     -¿Miedo a acabar… como yo? –Quiso saber el ciego. –Tú eres Roderico, hijo de Teodofredo, del clan de Chindasvinto ¿necesitas saber más? –La voz trémula del ciego revocó sobre la bóveda que cubría la estancia, al tiempo que se incorporaba con el gesto deformado por la crispación.

     -Puedo comprender que tengas dudas hijo mío; es mucha la responsabilidad que recae sobre tus hombros. Debes demostrar a los nobles que eres sincero de corazón, sólo así te respetaran. Recuérdalo siempre Roderico, no debe ser tu espada la que te eleve al solio real, sino los sentimientos que albergues en tu interior. Ellos harán que seas un digno rey de los godos.

     -Pero… ¿y si Dios quiere que sea Akhila el rey? ¿Quién soy yo para luchar contra la voluntad divina? –Roderico no pudo ocultar por más tiempo sus tribulaciones; aquellas inquietudes le martirizaban sin descanso, día y noche, como un susurro continuo que se deslizara furtivamente en su conciencia.

     -Eso sólo el tiempo lo dirá. –Contestó el ciego, con sus ojos vacíos perdidos en el horizonte.

I capitulo de la maldición de la casa sellada

miércoles, 30 de septiembre del 2009 a las 12:19

                            PARTE PRIMERA

 

              RODERICO REX GOTHORUM

                                             I

                       

                             ¡¡Witiza ha muerto!! 

 

 

     El cortejo se fundía con la trémula luz de los pasillos que conducían a los aposentos reales; los estrechos ventanales, apenas conseguían atrapar retazos de la noche azulada que envolvía a los Montes de Toletum.

     El obispo Oppas avanzaba en silencio, encabezando la comitiva; el dulzón aroma del incienso impregnaba los muros y se pegaba a las gargantas, al tiempo que un tétrico eco de oraciones retumbaba en el silencio de la fortaleza.

     El acceso al dormitorio real estaba custodiado por los más destacados miembros del Oficio Palatino; Oppas distinguió entre ellos al siempre fiel Requesindo, el cual, devastado por el dolor, apenas si podía esbozar un hálito de entereza ante el desenlace final.

     -Luctuoso trance el que nos reúne al fin. –El Comes asintió con el gesto crispado por el llanto contenido.

     -¡Abrid paso! –La voz del sayón sonó como un trueno. Goznes y bisagras chirriaron estridentes, y el pesado portón que clausuraba el dormitorio real se abrió.

     La reina, acompañada de sus damas principales, guardaba la vigilia del rey moribundo, ya tonsurado y a expensas de recibir los sagrados oleos. Al advertir la presencia del obispo Oppas y la comitiva fúnebre, se quebró en un aullido de dolor inconsolable. Las plañideras reales la siguieron, a cada cual más sentida por la muerte del rey, cuando no por la irreparable perdida de prebendas que para ellas suponía su muerte. El prelado las fulminó con la mirada.

     -¡Guardad silencio!

 

     ¿Acaso no estás avisado?, ¿o es qué quizás duermen tus sentidos en está trascendental hora? Ha llegado el momento, no demores más la partida.

     Witiza acogió sus propios pensamientos con una enigmática sonrisa, miró a su alrededor y quedó complacido. De repente sufrió un acceso de tos y escupió sangre; irregulares trazos carmesí salpicaron el blanco manto de armiño que cubría su decrépito cuerpo, maltratado sin piedad por la enfermedad.

     Alargó la mano hacia la penumbra de la estancia, como si deseara aferrarse al hilo invisible que aún lo ligaba al mundo de los vivos; finalmente, con una misteriosa expresión de placidez en el rostro, expiró.

     El viejo rey Witiza había muerto y las sombras se cernían de nuevo sobre Toletum, como las negras alas de un pájaro de mal agüero, como un oscuro presagio.

 

     El obispo Oppas escanció una copa de vino y se la llevó a los labios. Saboreó el caldo con los ojos cerrados, mientras se reclinaba ensimismado en sus pensamientos. Un galgo que dormitaba en la esquina de la habitación, al advertir su presencia se irguió y cruzó la estancia bostezando con pereza, para recostarse de nuevo a los pies del prelado gruñendo con gratitud.

     -¿Qué pensamientos son los que te abruman, Requesindo? –El Comes apenas si era visible, oculto entre los gruesos cortinajes que revestían los muros de la estancia.

     -Los nobles de Tarraco y La Cartaginense apoyan a Akhila como nuevo rey, pero… yo sólo veo a un joven impetuoso que ha perdido a su padre. Aún no está preparado. –Las palabras de Requesindo sonaron inquietas.

     -Todos somos meros instrumentos de la voluntad de Dios Nuestro Señor. Mañana enviaré heraldos a todas las provincias del reino; urge convocar el Aula Regia, debes tener confianza.

     -Confío en vos Eminencia, sólo que… temo que el joven Dux se convierta en una marioneta en manos de los nobles. –Requesindo encontró por fin la manera de confiar sus temores a Oppas. El prelado torció el gesto de forma imperceptible, y su semblante fulguró por un instante a la luz de la lumbre.

     -Continúa con la misión que se te ha encomendado. Deja que sea yo quien me ocupe de la política. –El obispo volvió a paladear el vino, con la mirada perdida en el enjambre de volutas incandescentes que crepitaban entre las llamas del hogar.

 

     La paloma parecía una diminuta mancha en el cielo despejado, como si oscilara al vaivén de la suave brisa. Abajo un mar de olivos se extendía hasta la tenue línea del horizonte. El interminable llano ondeaba entre colinas, para ascender de forma abrupta en un enorme promontorio, culminado por una vasta edificación amurallada que parecía emerger de sus laderas a modo de atalaya.

     El pájaro revoloteó sobre las almenas, hasta acabar posándose con delicadeza sobre el antebrazo del muchacho. Al instante, el mozo emprendió una atropellada carrera escaleras abajo, a lo largo de la espiral que recorría la torre y que conducía al patio de armas del recinto.

     Cuando por fin se plantó ante Witerico, el joven resollaba con tanta dificultad, que apenas si podía tenerse erguido.

     El Señor de Cástulo no era más que un patán; con sus enormes y velludos brazos cruzados sobre el pecho, dedicó una mirada curiosa al pergamino que el muchacho sostenía entre las manos.

     Poco versado en letras, apenas si podía distinguir alguno de aquellos trazos en latín, así que miró con disimulo a su alrededor, y con actitud indiferente se lo ofreció a su asistente.

     -Lee. –Ordenó.

     Paulus no era un hombre libre; pero para ser un pobre esclavo de origen griego, en Cástulo gozaba de todo el libre albedrío que podía desear, gracias al aprecio que mostraba Witerico por sus cualidades.

     -Dómine, Witiza ha muerto, se ha convocado el Aula Regia Plena en Toletum; será en el plazo de un mes. –Paulus contuvo sus emociones; miró al suelo y esperó pacientemente la reacción de Witerico, el cual parecía petrificado.

     -Dómine, el Dux debe saberlo cuanto antes. –Se atrevió a sugerir por fin. Witerico salió de su ensimismamiento y reaccionó de forma aturrullada.

     -¡Qué preparen mi montura! ¡Presto, a qué esperáis! –Exclamó excitado. –Paulus, dispón lo necesario para el viaje. Te vienes conmigo a Corduba. Al momento se armó un enorme revuelo, los criados de las caballerizas se aprestaron a iniciar los preparativos para la marcha del señor, el cual se desgañitaba dando ordenes a diestro y siniestro.

     Una enigmática sonrisa, teñida de esperanzas ocultas, se deslizó levemente en los labios de Paulus. El buen Dios le permitía ver una vez más los muros de Toletum; tal vez pudiera abandonar por fin aquel injusto destierro.

 

 

     La jornada de caza había sido más fructífera de lo esperado. Roderico se separó del resto de la partida, para internarse en la densa arboleda que coronaba el collado. La presa que él ansiaba, sin duda le aguardaba oculta entre aquellos quejigos.

     El Dux rió compulsivamente sobre la montura de su caballo, mientras la joven se recomponía las vestiduras con fingido arrobo. El pálido erotismo de su rostro, enmarcado por una rojiza cabellera que se derramaba sobre sus hombros desnudos, le había nublado el sentido.

     -Mi señor, os lo pido por caridad; no toméis por la fuerza lo que mi voluntad no está dispuesta a entregar. –Era demasiado tarde, el brillo lascivo de los ojos gatunos de la cortesana ya había desatado el ímpetu del Dux. Roderico desmontó de un brinco y se abalanzó sobre su presa.

     Varias veces se solazó el dux con la joven dama, tantas como lo bravío de su naturaleza se lo permitió; ni siquiera el frío de castigo que asolaba el páramo aquella mañana contuvo su desenfreno, acuciado por la tersura de los pequeños senos de la doncella.

     El soldado permaneció impertérrito, mientras el Dux consumaba el beneficio amatorio de su conquista, no fuera que la interrupción despertara la cólera de su señor.

     Roderico se irguió cuan largo era, con las vergüenzas al aire y flácidas por el denodado esfuerzo. Sintió ganas de orinar y aflojó la vejiga sin pudor sobre un macizo de jaras.

     -¿A qué esperáis? Volved junto a vuestra señora; pronto os echará en falta. Daos prisa, no sea que de esta caigáis en desgracia por mi causa. –Apuntó a modo de desaire, mientras se ajustaba los calzones a la cintura.

     El soldado carraspeó intentando hacer valer su presencia. El Dux se giró sobresaltado y exclamó:

     -¡¿Quién anda hay?! –El soldado se adelantó dándose a conocer.

     -Mi señor, ha llegado un emisario. Trae noticias de la Ciudad Regia.

     -¿…de Toletum? –Quiso saber el Dux.

     -Sí, mi señor.

 

     Egilona aguardaba a su señor recostada en un triclinium; rodeada de sus damas y los miembros de su escolta esperaba al pie de un leve altozano, bajo la agradable sombra de un olivo centenario. La joven cortesana acababa de llegar; lo incierto de su actitud y el ligero rubor que todavía encendía sus mejillas, despertaron la suspicacia de la esposa del Dux. Como en cada ocasión que su señor asaltaba virtudes ajenas, prefirió hacer de tripas corazón. Esbozó su mejor semblante y aguardó la llegada del grupo de jinetes que ya se adivinaba a lo lejos, ocultos por la polvareda que levantaba su recia cabalgada.

     Roderico desmontó y se inclinó ante Egilona con forzada elegancia.

     -¡Cuánto esplendor desprende vuestro semblante esta mañana! Se diría que competís en brillo con el sol que nos alumbra. –Egilona aceptó el cumplido con disimulado agrado. Su actitud no paso desapercibida para el Dux, el cual tomó asiento junto a ella sin hacerle demasiado caso.

     -Estoy impaciente por conocer cuales son ésas noticias, que con tanta premura han llegado de la Ciudad Regia. ¿Cuáles son en esta ocasión los deseos del rey nuestro señor? –El Dux elevó el tono con afectada pasión. -¡¿Dónde está ese emisario?! –Exclamó impaciente.

     Witerico dio un paso al frente y esperó a que Roderico se dirigiera a él.

     -¿Y tú de dónde sales? Por tu aspecto se diría que has cabalgado hasta aquí desde el mismísimo infierno.

     -Mi nombre es Witerico mi señor, Comes de Cástulo. A vuestro servicio. –Roderico reflexionó durante un instante.

     -Así que Witerico ¿no es cierto que tu padre luchó junto al mío para derrocar a Égica? –Witerico asintió en silencio; todo el mundo conocía el triste destino que tuvieron los seguidores de aquella conspiración, incluido Teodofredo, el padre de Roderico.

     -Bien Witerico, ¿cuáles son ésas noticias? –Quiso saber el Dux.

     -Mi señor, Witiza ha muerto. –La noticia dejó a Roderico estupefacto; Egilona le tomó la mano y le susurró al oído.

     -Esposo mío, reacciona; todo el mundo te está mirando.

     El Dux de La Bética guardó silencio durante unos instantes, que se prolongaron hasta hacerse insoportables; intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca. Por un momento dejó que su mirada se perdiera en la lejanía, en la monótona cúpula celeste que se extendía sobre la campiña bética.

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